Enseñanzas de la Crisis (Parte 1)

“There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.” (Warren Buffet, 2011)

Ya ni siquiera es necesario recurrir al marxismo para intentar demostrar la existencia de la lucha de clases. En ocasiones, la propia clase capitalista reconoce abiertamente las atrocidades que su régimen de explotación y dominio provocan sobre la clase trabajadora.

Antes incluso del inicio de esta crisis financiera (2008), y tras el implacable desmantelamiento de la URSS, la clase capitalista ya comenzó con las privatizaciones y los recortes de derechos laborales y libertades civiles, que tanto esfuerzo costaron adquirir a la clase trabajadora tras la primera y la segunda guerra mundial. La llegada de esta crisis ha servido, paradójicamente, para acentuar las políticas neoliberales que por aquel entonces inició la clase capitalista a través de sus títeres R. Reagan y M. Tatcher.

En un mundo con conciencia de clase y organización por parte de aquellos que son sistemáticamente explotados, esta crisis debiera haber servido para debilitar a la clase capitalista dominante, a poner en jaque todo su sistema de dominación y en definitiva, a mantener intactas las conquistas sociales de la clase trabajadora.

La realidad sin embargo, está carente de tal supuesto, y es que la clase capitalista lleva décadas desplegando una táctica sutil pero demoledora para seguir ganando la lucha de clases. Esto ha sido posible debido a dos factores:

En primer lugar, facilita mucho las cosas ostentar el poder económico y político, y además tener la propiedad de los medios de comunicación dominantes, ya que los medios han jugado un papel central en todo este proceso de transferencia de renta (del trabajo al capital) que, en realidad, no ha hecho más que comenzar.

En segundo lugar, la clase capitalista ha sabido luchar por sus intereses impidiendo que la clase trabajadora pudiera luchar por los suyos, ya que, los intereses de la clase capitalista son antagónicos a los intereses de la clase trabajadora.

De esta forma, desde la década de los 60 empezaron a corromper todas las organizaciones comunistas habidas y por haber, compraron y prostituyeron a los sindicatos, y desplegaron una feroz campaña anticomunista que sobrepasó el ámbito de la propaganda política, los libros y artículos mezquinos, y las películas sin rigor ni fundamento alguno; logrando así instalar la cultura del anticomunismo en el corazón mismo del sistema educativo, es decir, en nuestra conciencia.

Luego, el camino estaba libre para poder inculcarnos cualquier cosa, entre ellas, los deportes mediáticos, los mediocres programas de divertimiento, los videojuegos, las drogas, etc. Así, prosiguieron su lucha ideológica con aquello de que las clases sociales habían dejado de existir, de que habíamos superado el capitalismo y de que estábamos en la sociedad del libre mercado y del libre consumo. Nos vendieron la utopía de que también las crisis de sobreproducción capitalistas se habían superado, en donde todos podíamos llegar a ser ricos, en donde las ideologías eran cosa del pasado, en donde lo privado sería siempre mejor que lo público, y sobre todo, en que vivíamos en una democracia y en el mejor de los mundos posibles. Desarmados frente a todo este arsenal ideológico, no pudimos o no quisimos ver el engaño al que estábamos siendo sometidos.

En ese momento se podía pensar que aún cabria la esperanza de que cambiásemos de mentalidad y actitud cuando la realidad pusiese en jaque a la clase capitalista. Pero nada más lejos de la realidad.

Al estallar la crisis financiera, la clase capitalista encontró rápidamente el método para seguir ganando su guerra de clase contra nosotros. Primero difundieron que la crisis había sido una consecuencia de vivir por encima de las posibilidades de uno. Pero con ello no se refirieron a ellos mismos, es decir, a los ricos que todo lo acaparan, sino que se refirieron a nosotros, la gente corriente, que humildemente nos ganamos el pan trabajando a destajo y viviendo con el agua al cuello. Luego continuaron con el tema de apretarse el cinturón y la cultura del sacrificio, y finalmente persistieron en la idea de que lo público no es eficiente ni rentable.

Paralelamente al despliegue de este arsenal en el terreno ideológico, la clase capitalista logró que sus gobiernos lacayos hicieran pagar a la gente (es decir, con el dinero público del Estado) la deuda privada de los bancos. Tal socialización de pérdidas antidemocrática concedida a los ricos por parte de “Papá Estado”, implicó un brutal aumento de la deuda pública, la cual se encontraba en mínimos históricos antes de estallar la crisis. Tras esta monumental estafa, la clase capitalista utilizó la deuda pública (generada para salvaguardar sus bolsillos), como pretexto para imponer brutalmente una política de austeridad, y de más privatizaciones y recortes sociales.

La austeridad, por tanto, no es una receta únicamente económica. Es una receta política e ideológica orquestada para impedir que la crisis se supere, para que la gente siga teniendo miedo, y con el pretexto de que se ha derrochado dinero público, para que la clase capitalista pueda seguir recortando derechos, prestaciones sociales y libertades civiles. La austeridad no es pues, sino otra herramienta que la clase capitalista utiliza para seguir ganando su guerra de clase.

Vivimos en una dictadura impuesta por los altos empresarios, cuyo poder se ramifica colosalmente para controlar todas las esferas de la vida. Imponen políticas de forma unilateral, coartan gobiernos, amenazan la privacidad y los derechos de la gente, destruyen la naturaleza, y allí donde llegan reproducen el mismo modelo macabro de dominación y jerarquía.

Finalmente, nos encontramos en un mundo desigual e injusto, donde la gente como nosotros no pinta nada. La clase capitalista ha logrado que el ejercicio de votar en unas elecciones tenga el mismo grado de trascendencia que el ejercicio de consumir productos.

Lo que la gente como nosotros, y por ende la clase trabajadora, debe extraer (principalmente) de toda esta situación, se resume en la siguiente frase:

“The more we gave in and complied, the worse they treated us.” (Rosa Parks, 1992)


2015: La Deflación de la Eurozona

Las recetas neoliberales impuestas por la clase capitalista dominante, no sólo están socavando los derechos laborales y el nivel adquisitivo de la clase trabajadora europea, tampoco están funcionando ni para estabilizar la economía ni para salir de la crisis.

En el transcurso de esta inacabada crisis de sobreproducción capitalista, el BCE ha seguido una política “de ánimo” a través de la bajada continuada de los tipos de interés. Sin embargo, el volumen de deuda es tan abrumador, y los bancos están tan sumamente centrados en cobrar la deuda y obtener beneficios, que finalmente no se han producido los estímulos económicos que cabría esperar.

Por las razones anteriores, la idea de hacer una “quita” de la deuda no atrae en absoluto a los bancos. Los bancos quieren cobrar toda la deuda cueste lo que cueste. Hacer una “quita”, o declarar una parte de la deuda como “ilegítima”, provocaría una importante pérdida de capital para los bancos, hecho que no están dispuestos a asumir.

Con los bancos fuera del mercado productivo, el estancamiento y la morosidad es la única realidad. Las empresas están reestructurándose para afrontar los años de crisis venideros, que se auguran difíciles. El despido de los trabajadores y la optimización de los gastos es la tónica que domina en el sector empresarial. Sin embargo, recortar en trabajadores implica necesariamente reducir la capacidad productiva, ergo, recortar los gastos implica reducir los ingresos.

En esta tesitura, las grandes empresas logran sostenerse sin alcanzar los beneficios esperados, las medianas y pequeñas empresas se dirigen lentamente hacia un precipicio, y los autónomos sobrevivien como pueden en un mercado altamente competitivo, con los precios a la baja y los ingresos ciertamente escasos. El sector público también ha sufrido recortes y privatizaciones, lo que a la larga repercutirá en la calidad de vida de la sociedad, exceptuando la calidad de vida de los ricos, que ya va en aumento.

Tenemos por tanto una Europa estancada, cuyo tejido productivo resiste con la esperanza de que pronto se va a recuperar la economía. Sin embargo, todos los indicadores apuntan a una deflación generalizada, promovida por la nula inversión productiva, tanto en infraestructuras como en servicios públicos.

La estrategia no es otra que la de estrangular a la clase trabajadora, la cual aun no es consciente de la lucha que se está desarrollando. El poder adquisitivo de la clase capitalista ha aumentado con la crisis mientras el poder adquisitivo de la clase trabajadora ha ido cayendo. Esta tendencia se mantendrá en el futuro, disparando la ya acentuada desigualdad social. Una tendencia que es fruto de una estrategia avara, orquestada a través de los instrumentos de la clase capitalista europea, que lejos de planificar la economía o pensar en un sentido más estratégico de futuro, mira únicamente por la obtención del beneficio a corto plazo.

Ante las atrocidades perpetradas por la clase capitalista, sólo quedan dos opciones: resignarse y resistir pacientemente la debacle económica, con todo lo que ello implica, o bien alzar la mirada, distinguir a nuestros verdugos, y acabar con ellos.

Ciertamente, existe una tercera opción, que es la penetrar en el difuminado mundo de la fantasía. Un mundo donde la esperanza y la autocomplacencia determinan nuestro absurdo nivel de conformismo, donde ya sea Podemos, la Liga BBVA, la Lotería de Navidad, o el Independentismo, logran engañarnos una vez más, con el fin de que olvidemos nuestros verdaderos objetivos de clase.


Todo depende de nuestra conciencia

Las contradicciones internas del sistema capitalista son más que evidentes: poseedores y desposeídos, dominadores y dominados, ricos y pobres, explotadores y explotados, clases altas y clases bajas, primer mundo y tercer mundo, etc. Es innegable el hecho de que el sistema capitalista está asentado sobre la desigualdad social y que hace de la desigualdad social, un criterio de progreso. Sin embargo, la mera existencia de la desigualdad social o de intereses contrarios entre las distintas clases sociales no son factores determinantes para el desmoronamiento del sistema capitalista o para el surgimiento de una revolución social, menos aun en el siglo XXI.

Lo que verdaderamente va a determinar el porvenir de la sociedad humana es hasta qué punto las contradicciones o desigualdades del sistema capitalista se volverán extremas o insostenibles, y de qué modo la sociedad responderá ante ellas.

Contradicciones Insostenibles

En realidad, lo que va a determinar que las contradicciones del capitalismo sean o no sean insostenibles, es la conciencia colectiva de la sociedad humana: de los trabajadores, de los estudiantes, de los jubilados y de los parados.

El sistema capitalista jamás se desmoronará únicamente por sus contradicciones internas, durará hasta que la sociedad diga basta, puesto que ningún sistema económico puede desmoronarse por sí mismo. Siempre existe una fuerza humana o social que lo logra derrotar y transformar. El feudalismo cayó porque la clase capitalista luchó y logró erradicarlo. La vieja Rusia zarista cayó porque la clase trabajadora luchó y logró erradicarla. La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cayó porque la clase capitalista luchó nuevamente y logró erradicarla. Nada cae por si solo, incluso un castillo de naipes cae porque alguien tira la primera carta.

Es por ello que el capitalismo no se detendrá ante genocidios humanos o catástrofes naturales. Cualquier escenario, por adverso que sea, proporcionará a los capitalistas nuevas oportunidades para abrir nuevos mercados y con ello seguir enriqueciéndose a toda costa. En este sentido, podría llegar el día en que ante una crisis económica, el capitalismo necesitase desarrollar una tercera guerra mundial para sostener el crecimiento, o podría llegar el día en que ante la contaminación absoluta del aire, los seres humanos tuviésemos que comprar aire purificado para poder respirar.

No importa cuan atroces sean las situaciones, los seres humanos sólo importamos en la medida que producimos o generamos ganancias para los capitalistas, y para todo lo demás, el dinero está siempre por delante. Un caso claro son los movimientos migratorios frente a los movimientos monetarios: el dinero puede moverse y trasladarse libremente por todos los países del mundo, pero cuando los seres humanos quieren hacer lo mismo, se encuentran con muros y alambradas, y con leyes y policías que los retienen, los torturan, los asesinan o los expulsan a otro país.

Sólo la sociedad tiene la llave para considerar insostenibles las contradicciones del capitalismo y poder frenar el descalabro y el despropósito del mismo. No obstante, si la sociedad humana considera que 2.200 millones de pobres no es motivo suficiente para alarmarse, si considera que las más de 50 guerras que se están desarrollando en estos momentos en todo el mundo no son motivo suficiente para reflexionar, si considera que la globalización y la libre competencia empresarial son elementos buenos para el mundo, si considera que la erradicación del Estado del Bienestar no es motivo suficiente para la indignación, si considera aceptable la precarización laboral y la bajada continuada de los salarios, si considera tolerable la existencia de paraísos fiscales, si considera ineludible el pago de una deuda ilegítima, si considera que el imperialismo occidental favorece la paz mundial, si considera que los pobres son pobres porque son tontos o se lo merecen, si considera irrisorio el nuevo auge del fascismo, etc., entonces es evidente que las contradicciones del capitalismo no serán nunca insostenibles.

Todo depende de nuestra conciencia. Si tragamos y nos sometemos a los dictámenes del capital y de los capitalistas, nunca se resolverá ninguna contradicción: los que no tengan dinero para consumir alimentos o productos, o procurarse un hogar, o permitirse una educación, o acceder a la sanidad, u obtener una pensión, simplemente tendrán que “vivir” sin ello, como ya ocurre con muchísima gente en muchos países del mundo.

Cada 4 segundos muere un niño de hambre en el mundo porque ni ellos ni sus familiares tienen recursos suficientes como para procurarse alimentos. En España hay más de un 20% de niños en situación de pobreza extrema, la privatización de hospitales y el cierre de urgencias ha provocado 70.000 muertes evitables en tan sólo 4 años, grandes empresas como Movistar o Coca-cola, han despedido en España a miles de trabajadores aun teniendo beneficios estratosféricos.

Los empresarios y sus mercenarios los políticos, están provocando el aumento de la pobreza y de la desigualdad social. Y es que la pobreza tiene su origen en la explotación y el esclavismo perpetrados por los capitalistas, especialmente por las corporaciones multinacionales que operan como auténticos criminales por todo el planeta.

Cada vez existen menos regulaciones y menos controles sobre las grandes empresas y las grandes fortunas, y esto denota el poder que tienen los ricos. Un poder que han obtenido gracias a la desigualdad social que ellos mismos han originado, y que con la excusa de la “libertad”, campan a sus anchas haciendo y deshaciendo a su voluntad: destruyen ecosistemas, contaminan y calientan el planeta, agotan el petróleo y el gas del subsuelo, explotan a niños y mujeres en el tercer mundo, roban e impiden el desarrollo de los países pobres, no pagan impuestos, controlan a los políticos, imponen su visión destructiva y competitiva en los medios de comunicación, impulsan guerras para obtener recursos estratégicos, especulan en los mercados financieros con los alimentos, crean burbujas especulativas que acaban generando crisis financieras, nos adoctrinan con los deportes mediáticos y la prensa basura, despiden a miles de trabajadores aun teniendo beneficios, deslocalizan empresas para poder explotar más a los trabajadores en otras partes del mundo, etc.

Están logrando imponer en todo el mundo su nueva doctrina de dominación y totalitarismo: el neoliberalismo, es decir, el capitalismo salvaje. Un modelo económico basado en la individualidad y la desigualdad social extrema, que permite que los que no tienen dinero o trabajo puedan ser excluidos de la sociedad y mueran en silencio cerca de un vertedero, debajo de un puente, o dentro de un cajero automático.

Los empresarios, los políticos y sobre todo los medios de comunicación, nos quieren convencer de que debemos aceptar estas cosas tal y como son, y tal y como deben ser. La reflexión y la empatía no están a la orden del día. No nos quieren inteligentes y críticos, nos quieren mansos y obedientes, que no cuestionemos el poder o la autoridad, que miremos únicamente por nuestro interés particular, que observemos con devoción la propaganda y vayamos como idiotas a comprar los productos anunciados, quieren que adoremos a payasos que chutan un balón y a famosos haciendo fiestas en sus inmensos yates, quieren que lo único que nos importe sea la riqueza y el dinero. Y es evidente que es una estrategia muy inteligente por su parte.

Si como sociedad aceptamos las ideas y los valores de los ricos que nos gobiernan, estaremos siempre desarmados frente a su dominación. ¿Cómo vamos a considerar que el capitalismo es insostenible o que hay que cambiar los cimientos del sistema, si nos creemos que hay democracia y que este es el mejor de los mundos?, ¿cómo vamos a comprender el origen de la desigualdad social, si nos creemos que la empresa privada es la mejor forma de gestionar la producción?, ¿cómo vamos a enfrentarnos a los ricos que han provocado la crisis si consideramos que la crisis es culpa nuestra por haber vivido por encima de nuestras posibilidades?, ¿cómo vamos a hacer frente al problema del fraude fiscal de los ricos si creemos que la culpa del déficit la tienen únicamente las administraciones y el sistema público del Estado?, ¿cómo vamos a defender la inversión pública y los servicios públicos universales si culpamos a inmigrantes, moros, extranjeros, o gitanos de haber provocado un derroche masivo, y como consecuencia de esta idea defendemos su exclusión del sistema público?, ¿y cuando se nos excluya a nosotros de la sanidad y la educación, qué haremos?

Nos están embaucando a todos y es fundamental comprender el engaño al que estamos siendo sometidos. Para contrarrestar este perjuicio a nuestra inteligencia y nuestra dignidad, es imprescindible comprender que bajo el capitalismo no existe forma alguna de resolver las contradicciones internas del sistema, ya que éstas tienen su origen en la base misma del capitalismo: el régimen de propiedad privada es la causa real de la desigualdad y la poca o nula distribución de la riqueza. Aun con los increíbles avances tecnológicos y científicos que se están llevando a cabo en la actualidad, y la cantidad de productos y servicios que se ofertan en el mundo, sigue habiendo pobreza, miseria y desigualdad. Los avances en electrónica, informática, comunicaciones, medicina, química, biotecnología o agricultura, entre otros muchos sectores productivos, no están ayudando a satisfacer las necesidades más básicas de la sociedad humana.

Un claro ejemplo son los alimentos y el hambre. Pese a que la industria agroalimentaria produce cada año y a nivel mundial, alimentos para 12.000 millones de personas, somos 7.000 millones y más de 1.200 millones pasan hambre. Es un insulto a la inteligencia y la dignidad humanas el que a estas alturas el capitalismo no haya querido resolver esta contradicción, ya que el hambre no es un hecho fortuito, sino provocado deliberadamente por la política del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otros.

El sistema capitalista jamás será capaz de satisfacer las necesidades humanas más elementales porque no es un sistema diseñado para cubrir las necesidades de la sociedad humana, sino que únicamente ha sido diseñado para que muy pocos (los capitalistas) se puedan hacer muy ricos a costa de los demás. La riqueza y lo producido no se distribuyen racional o equitativamente. Todo se vende y se compra en un mercado donde quien no tiene dinero no puede consumir. Y en un sistema donde cada vez se busca producir más con menos tiempo y menos recursos, para inundar el mercado de productos, y donde los salarios son y serán cada vez menores, la capacidad de demanda jamás podrá igualar a la de la oferta, y he aquí el origen de las crisis periódicas de sobreproducción capitalistas.

El capitalismo no es mercado libre ni se basa en la ley de la oferta y la demanda. El capitalismo es concentración de la producción, monopolios, especulación financiera, crisis y guerras. Y si la sociedad humana no eleva su nivel de conciencia y conocimientos acerca de esta cruda y deleznable realidad, cabe la posibilidad de que el capitalismo no se supere jamás, llevando a la sociedad humana hacia un declive perpetuo e incluso hacia su propia extinción.

La Revolución Social

Por el contrario, si la sociedad eleva su nivel de conciencia y sabiduría, las contradicciones del capitalismo podrían resolverse a través de la organización de revoluciones y cambios profundos, que lograsen sentar las bases para la edificación de una nueva sociedad más justa, más libre y más igualitaria.

Pero para llevar a cabo una revolución, se necesita que existan ciertas condiciones previas. Primero, que las contradicciones del sistema sean lo suficientemente agudas como para despertar el malestar y la indignación generalizada en la sociedad. Segundo, que dicha sociedad sienta la necesidad de actuar de un modo distinto e incluso contrario del que ha sido educada. Tercero, que materialice dicha necesidad a través de la organización consciente y colectiva con el objeto de luchar y defender los intereses de la mayoría social. Cuarto, que exista una teoría revolucionaria que abrace tales aspiraciones y sea capaz de conducirlas al éxito. Quinto, que la sociedad revolucionada logre obtener los medios y los recursos necesarios para afrontar la lucha y llevar a cabo la tediosa y no menos heroica tarea de transformar el sistema capitalista.

Como consecuencia de lo expresado anteriormente, es fundamental la existencia de movimientos de izquierdas e intelectuales que vengan recogiendo las experiencias y los testimonios de las luchas sociales anteriores, de victorias y de derrotas, de las teorías revolucionarias que han servido para vencer, y de las que no lo han hecho.

Una de las claves es considerar al hombre como el centro mismo de la economía mundial, y no el dinero ni el afán de lucro ilimitado. Sin embargo, para ello es necesario erradicar la propiedad privada (es decir, la empresa privada) como núcleo central de la actividad económica. La alternativa a la propiedad privada no es otra que la propiedad colectiva, es decir, la igualdad y la democracia económicas, que sitúan al hombre y sus necesidades en el centro mismo del sistema productivo.


Capitalismo, la tumba humana

Tal y como expresa el libro Capital en el siglo XXI escrito por el economista Thomas Piketty, que en realidad viene a reafirmar lo escrito por Karl Marx en El Capital, es un hecho que la desigualdad mundial no para de aumentar. Las rentas del capital aumentan mientras que las rentas del trabajo disminuyen. Es decir, los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Pero hay más, el número de superricos disminuye y el número de pobres aumenta, esto implica que la renta se está concentrando cada vez más en menos manos. Y no sólo la renta, también la riqueza. Los últimos datos ofrecidos por el economista Santiago Niño Becerra son aberrantes: el 0,7% de la población mundial (los superricos) ya controla y posee el 41% de la riqueza mundial, mientras que el 68,7% de la población mundial (los más pobres) sólo se reparte el 3% de la riqueza mundial.

Y la tendencia es que la desigualdad social seguirá creciendo año tras año. Nunca antes los más ricos del mundo habían amasado tal cantidad de bienes, fortunas y poder en sus manos. Estoy hablando de superricos que controlan el sistema financiero, el político y el comercio mundial: los amos del mundo. Todos ellos sólo tienen un objetivo en la vida: tener cada vez más propiedades, más dinero, más poder. Son autómatas que se rigen por la codicia y pese a que sus intereses se enfrentan y en ocasiones sus tensiones desembocan en guerras mundiales, comparten el deseo de explotar y oprimir al resto del planeta. Esto es lo que les da ventaja respecto a los demás: su conciencia de clase y el haberse organizado para dominar el mundo (FMI, BM, OMC, CE, BCE, Bilderberg, OTAN, Maastricht, etc).

Pero además de estos organismos y tratados inquisidores, los superricos disponen de grandes feudos: los Estados capitalistas. Las constituciones y los poderes jurídico, legislativo, ejecutivo y militar, son sus herramientas de clase junto con los omnipresentes medios de propaganda ideológica (libros, periódicos, cine, televisión, etc). Todos ellos son medios para proteger sus intereses: obtener dinero, control y poder. Ninguna de estas herramientas moverá un solo dedo para impedir los recortes sociales, la bajada de salarios de los trabajadores, la privatización del patrimonio público, la creciente pobreza de la sociedad, la aberrante brutalidad policial contra civiles pacíficos, etc.

Sin embargo, si los intereses económicos de estos superrricos se ven amenazados, todos estos poderes se movilizarán para salvaguardarlos. Es por ello que los superrricos tienen a su alcance medios y leyes a medida para poder explotar a los trabajadores y no tener que pagar impuestos. Es por ello que los ejércitos capitalistas entran en combate cuando algún recurso estratégico en propiedad de algún superrico se ve amenazado. Es por ello que el gobierno se reúne con ellos y acata su voluntad. Es por ello que todos los medios de comunicación al unísono nos repiten diariamente que vivimos en una democracia, que el capitalismo es el mejor de los mundos, que la culpa de todas nuestras desgracias ha sido de la gente o los inmigrantes, que no hay alternativas a las medidas económicas, etc.

Es la pirámide del poder capitalista y también la lucha de clases. Pero, ante todo ello, ¿por qué no ha estallado aún una rebelión civil?

Es complejo, pues intervienen muchos factores, pero al final todo tiene sentido. Empecemos considerando lo que nos viene de fábrica: la genética. Existen varios instintos clave que nos ayudarán a comprender mejor las tendencias y los comportamientos en sociedad.

El primero de ellos es el instinto de superioridad. Es un instinto que “activamos” a modo de defensa personal salvo que estemos deprimidos, temerosos o frustrados. Al tenerlo “activado” nos creemos listos y capaces, y normalmente por encima de una “media” imaginaria. Reconocemos rápidamente a los que son más inteligentes y capaces que nosotros en distintos ámbitos y en general nos ayuda a seguir adelante con seguridad y confianza en nosotros mismos.

El segundo de ellos es el instinto gregario. Es un instinto que se refuerza cuando se está en entornos grupales, y que el sistema educativo capitalista cuida que desarrollemos. Es fundamental crear en el cerebro la idea del líder a seguir, por ello la inmensa mayoría de material gráfico o audiovisual enfocado a los niños gravita en torno a un héroe protagonista o a un único Dios creador todopoderoso. Pronto aprendemos a repetir gestos y frases de estos líderes, y a compartirlos en grupo para reforzar nuestro sentimiento de pertenencia.

El tercero de ellos es el instinto de conservación. Es el encargado de que tengamos miedo a lo desconocido o diferente. En definitiva, miedo a los cambios. Es el instinto que nos hace conservar lo que somos y lo que tenemos: agarrarnos a las ideas, prejuicios y posesiones que hemos ido adquiriendo y manteniendo durante cierto tiempo. El Estado refuerza este miedo al cambio mediante las fuerzas del orden, y el poder nos insta a poseer, a ser materialistas, a necesitar el dinero, el trabajo, a vendernos, etc. Y lo que poseemos, acaba poseyéndonos: el coche, la casa, la tecnología, etc. Creyendo que la libertad viene de la mano de la posesión, nos hacemos cada vez más conservadores. Y una vez aprendido y aceptado cómo funcionar, que lo aprendemos por repetición o imitación de los demás y que básicamente consiste en obedecer, producir y consumir, es muy difícil pretender cambiar estos hábitos y concepciones de la vida.

Por otra parte, existen otros apectos de la mente que el capitalismo también modela. Uno de ellos es el carácter o la personalidad de las personas, que recientemente se ha descubierto que es, en parte, hereditario. ¿Qué implica este hecho?, muy sencillo: muchas de las generaciones que salieron rebeldes y que lucharon por un mundo más justo e igualitario, fueron asesinadas por la clase capitalista en el transcurso de la guerra civil española, la segunda guerra mundial, y la postguerra. Por tanto, no es de locos afirmar que, hoy por hoy, y de forma mayoritaria, las generaciones existentes son, en realidad, descendientes de aquellas con el carácter más dócil y sumiso. La conclusión se hace evidente: el sistema capitalsita modela el carácter de los seres humanos actuando de hecho como una selección artificial a nivel planetario. Del mismo modo que el hombre primitivo transformó al lobo salvaje creando el perro fiel tras miles de años de selección artificial, el sistema capitalista transforma al ser humano en un ser individualista, egocéntrico, obediente, y en definitiva, en un ser humano deshumanizado, acorde con el ideal burgués que impera en nuestra sociedad.

Aquí hemos visto sólo algunos aspectos de la psique humana que el sistema capitalista intenta modelar y reforzar mediante el sistema educativo y la propaganda ideológica en el transcurso de nuestras vidas. Pero también a golpe de guerras y violencia. Y lo cierto es que el sistema está alterando nuestra naturaleza con una eficacia jamás vista. Nos estamos convirtiendo en seres muy distintos de lo que éramos hace tan sólo algunos miles de años. La espiritualidad, arraigada al hombre desde que nació como tal, se está perdiendo. En su lugar, una creciente voracidad por el consumo banal y compulsivo nos está convirtiendo en seres irreflexivos, carentes de pensamiento crítico o incluso propio. Los neovalores del capitalismo del siglo XXI nos están convirtiendo en seres egoístas, hipócritas y carentes de empatía humana.

Y para cuando el ser humano despierte de su letargo mediocre y decadente, la violencia del sistema se cernirá sobre él, cual humano al aplastar una mosca molesta. No se puede contemplar un cambio de sistema sin contemplar la utilización de la violencia. Si el comunismo prente erguirse como alternativa al modelo capitalista totalitario, deberá prepararse para resistir y vencer a toda la maquinaria de guerra del mundo, puesto que los capitalistas la utilizarán para seguir manteniéndose en el poder, tal y como ya han demostrado en reiteradas ocasiones.


La Moda Impuesta

¿Qué es en realidad la moda?

En la definición matemático-estadística, la moda es el valor que cuenta con una mayor frecuencia en una distribución de datos. Es decir, que la moda de una muestra de datos se obtiene a posteriori de la obtención de esos datos.

Si extrapolamos esto a la realidad, sólo podríamos hablar de moda (diferenciando cada sector de consumo: ropa, dispositivos móviles, comida, música, etc) después de preguntar o haber registrado lo que la sociedad ha consumido. En este sentido, y coincidiendo parcialmente con la definición de la RAE, la moda sería el uso o costumbre que está en boga durante algún tiempo, en un determinado país.

Pero lo que habitualmente se conoce como moda, no es esto, sino que es una imposición: la sociedad no decide qué es tendencia y qué no, ni toma parte en lo que viene a ser “la Moda”, puesto que “la Moda” no se contempla como una respuesta del consumo de la sociedad, sino que se habla de “la Moda” cuando unas pocas empresas, generalmente del sector textil, introducen en el mercado una nueva línea estética en sus productos.

A esta nueva línea estética la llaman tendencia y moda, pero no lo es. No al menos en el momento de su lanzamiento. No obstante, debido a que el ser humano se comporta de una forma más psicológica que lógica, estas líneas estéticas se acaban, por lo general, convirtiendo en moda.

¿Cómo ocurre esto?

El mecanismo es bien sencillo, y se trata de un mecanismo psicológico repetido hasta la saciedad también en anuncios publicitarios (propaganda) y en los sondeos de las campañas electorales. Se trata siempre de imponer “lo mejor” (un ganador, un producto nuevo, etc). Pero no imponerlo por la fuerza, o de forma verbalmente autoritaria, sino de una forma sutil, es decir, haciendo uso de aspectos psicológicos poco explícitos o evidentes.

En el caso de la imposición de la moda (en el sector textil), se trata de difundir una nueva línea estética asociándola con varios sentimientos. El primero de ellos es el sentimiento de renovación para los que adopten esta nueva línea. Un sentimiento motivado por la idea del cambio y la mejora a través de la obtención de un producto nuevo. El segundo de ellos es el sentimiento de pertenencia a un extenso grupo de seres humanos que supuestamente van a consumir estos productos. Un sentimiento motivado principalmente por nuestro instinto gregario, fuertemente asentado en nuestro cerebro. El tercero y último de ellos es el sentimiento de superioridad frente a los que no “van a la Moda”, un sentimiento asociado a los dos anteriores que se desata como reafirmación personal hacia la nueva imposición, dotándola de una importancia desmedida, ubicada fundamentalmente en la mente de la gente.

Así, como consecuencia de todos estos mensajes, ideas y sentimientos, “ir a la Moda” implica, por lo general, un alivio y un aumento de la autoestima para el que la sigue.

La cuestión es, ¿por qué ocurre esto?

Si algo caracteriza a la moderna sociedad actual, es el monopolio de la apariencia: más importante que el ser, es el tener y el aparentar. Y esto implica necesariamente que estamos inmersos en una sociedad superficial y mediocre, que sólo alcanza a ver aquello que es puesto delante de sus ojos sin importar lo que se esconde detrás.

Es debido a esta superficialidad impuesta, que la sociedad necesita consumir para sentirse mejor, para sentirse parte de la humanidad deshumanizada, para no sentirse precisamente, la oveja negra del rebaño.

Así, el consumismo no es sólo el nuevo opio del pueblo, sino que es el opio supremo que, a través de sus múltiples formas y facetas, domina a todos los demás:

No es el fútbol el opio del pueblo, sino su consumo. No es la religión el opio del pueblo, sino su consumo. No son los videojuegos el opio del pueblo, sino su consumo. No son las series televisivas el opio del pueblo, sino su consumo. No es la lotería el opio del pueblo, sino su consumo. No es “la Moda” el opio del pueblo, sino su consumo. Y así con todos y cada uno de los negocios empresariales transformados en fenómenos sociales de entretenimiento, ocio y adoctrinamiento.

Volviendo a “la Moda”, aunque también es extrapolable a todo lo demás, tengo que decir que a mi parecer, alardear de “ir a la Moda” refleja a personas con poca personalidad y profundidad (en estos aspectos), que además pretenden restregar a los demás su supuesta superioridad.


La Izquierda Verdadera

Sólo existe una Izquierda Verdadera: aquella que lucha por erradicar la explotación del hombre, y por tanto, por superar el sistema capitalista presente con el fin de instaurar en su lugar, un sistema económico socialista y democrático a través de la Revolución Socialista y la Dictadura del Proletariado.

Todo lo que se salga de esta línea, no es izquierda. Es Pseudoizquierda. Es, según el caso, “izquierda” aburguesada, populista, infantiloide, utópica, conservadora, reformista, revisionista o profundamente reaccionaria.

Dentro de la pseudoizquierda se encuentran: ERC, IU, ICV, CUP, Equo, Compromís, PSC, PSOE, PCE, IA, Podemos, Partido X, Pacma, Revolta Global, etc. Todos ellos, sin excepción, buscan perpetuar la explotación del hombre. Están de acuerdo, en mayor o menor grado, con la existencia del sistema capitalista presente, ya que ante él no emprenden ni buscan emprender ninguna lucha profunda. Eso si, protestan y hacen mucho ruido (aunque a veces ni eso), pero no se dedican a organizar a las masas, ni a elevar su nivel de conciencia. En su defecto, las mantienen (incluyendo a sus bases militantes) en un estado de autocomplacencia colectiva, donde se refuerza el sentimiento de superioridad o pertenecia, y donde el juego “democrático” burgués no se pone en cuestión. Reproducen la idea burguesa de que a través del voto aún son libres de elegir, como si la clase burguesa no hubiera obtenido ya la hegemonía absoluta de la civilización humana. De esta forma, estas organizaciones se revuelcan en el juego burgués, juegan a ser los buenos aun teniendo lazos de influencia con sectores burgueses, participan en elecciones antidemocráticas, y legitiman así la Dictadura de la Burguesía. Rehuyen y condenan el marxismo, y también la lucha de clases, se amoldan a los espacios que el sistema les ha permitido ocupar, y lanzan sus consignas políticas divorciándolas de una praxis profunda y consecuente.

Promesas y palabras vacías. Esta es la tónica dominante de la política moderna de TODO color.

Hablo de partidos y organizaciones que no se atreven a poner en tela de juicio la piedra angular del sistema presente: la existencia de la propiedad privada. Hablo de que no realizan esfuerzos en educar ni concienciar combativamente a sus bases, de que repiten mentiras y prejuicios burgueses, y de que lejos de ser parte de la solución, siguen siendo parte del problema.

La mayoría son organizaciones abiertas, donde todos tienen cabida, desde pequeños empresarios, funcionarios, autónomos, asalariados en general, pensionistas, obreros e incluso proletarios. Todos a darse la mano bajo unas mismas siglas y a compartir las mismas supérfluas ideas, como si no existiesen diferencias de clase entre ellos, o entre ellos y los dirigentes a quienes rinden culto, como si no existiesen, más allá de las creencias particulares, unos intereses de clase contrarios e incluso antagónicos.

Las organizaciones abiertas están de moda y son un tremendo error, nunca podrán ser garante de ningún cambio profundo. Más bien todo lo contrario, abrazar “paquetes de ideas” (los programas de los partidos) y difundir discursos dispersos es una artimaña de la burguesía. Pues de esta forma las personas seguimos inmersas en el desconocimiento sobre nuestros verdaderos intereses de clase, de nuestra posición en la producción social, de nuestro papel como sujeto político activo, y por tanto, nos condenan a la impotencia, a ser meros engranajes dentro de los aparatos políticos y su propaganda.

Toda la política actual es en realidad un método para embaucar al pueblo, la política ya no es una herramienta para hacerlo protagonista de la transformación social, para emancipar a los explotados de los explotadores. La política es un gremio donde predomina el afán de lucro y la sumisión a los poderes económicos dominantes.

Las organizaciones que se dicen de izquierdas y hablan de mejoras, reformas, cambios, esperanza, horizontes donde muchos seremos más felices, y un largo etcétera, al final nunca plantean lo fundamental: ¿acaso se pueden satisfacer al mismo tiempo los intereses económicos de las distintas clases sociales en un sistema donde unos explotan a otros?, ¿en un sistema donde existen intereses contrarios entre las clases sociales?, ¿cómo se puede defender al mismo tiempo al currante que trabaja en negro, al autónomo que no llega a fin de mes, al pequeño empresario emprendedor, al mediano empresario que tiene una empresa consolidada, al funcionario con plaza fija, al interino cuyo futuro pende de un hilo, al becario que es explotado, al asalariado que teme ser despedido, al obrero que tiene que pagar su hipoteca, o al proletario que vive en la precariedad?.

¡No es posible!, y los dirigentes de estas organizaciones lo saben. Su objetivo no es cambiar el sistema, sino afianzarse una buena butaca, recibir suculentas subvenciones, sueldos vitalicios, descuentos y bonificaciones fisclaes, excelentes ofertas laborales donde terminar su vida política, y todo ello a cambio de sencillos favores: no hacer lo que han prometido en sus programas. Existen muchas maneras de convencer a la gente de que ha estado soñando imposibilidades. Además, como la base social que les ha dado apoyo es tan heterogénea, y muchos se vuelven auténticos fanáticos, los partidos políticos se permiten el lujo de prometer el oro y el moro sin ningún tipo de riesgo. Pues sólo se puede subir al poder mintiendo.

¿Realmente alguien cree que la crisis, la desigualdad social o la pobreza, se arreglan proponiendo en unas elecciones realizar reformas?, ¿qué reformas?, ¿subir los impuestos a los más ricos?, ¿rebajar la carga fiscal de los trabajadores?, ¿nacionalizar los sectores económicos estratégicos?, ¿implantar una banca pública?, ¿deshacer la reforma laboral?, ¿reducir la jornada laboral y repartir el trabajo?, ¿invertir nuevamente en renovables?, ¿reducir el presupuesto en armamento?, ¿ir hacia el decrecimiento poblacional?, ¿dejar de robar recursos a los africanos?, ¿limitar los sueldos de los directivos?…

Por favor, no me hagan reír. Todas estas medidas son tan patéticas como insultantes. Los programas de todos los partidos políticos hacen aguas por doquier, sus consignas y propuestas no se sostienen por ningún lado, ni son creíbles, pues NADA hay escrito sobre cómo lograrlas, ¿dónde estará la clase social que empujará al partido a defender su programa?, ¿acaso los obreros estarán organizados entorno a ese partido para poder luchar por sus intereses?, ¿lo estarán los funcionarios?, ¿y los autónomos?.

La respuesta es que nadie estará organizado porque, repito, los partidos no buscan organizar las clases sociales, sino mezclarlas y confundir sus intereses: todas las clases sociales están mezcladas dentro de una incontable cantidad de partidos que se presentan ante ellos con la intención de defender sus intereses.

¿Nadie ha pensado nunca en este problema?. Eso significa que los partidos políticos hacen bien su trabajo y cumplen estoicamente con su función: perpetrar el sistema presente.

A modo de resumen: los partidos políticos no piensan en materializar sus propuestas. En lo único que piensan es en ganar las elecciones. Nada más. El objetivo de los partidos políticos no es elevar el nivel de conciencia de la sociedad, no es procurar que la sociedad se vuelva más culta, inteligente, crítica y combativa, sino convencer a la gente de que tienen que votarles. Nada más. Para lo que venga después, no hay nada escrito ni planteado, pues todos ellos son y serán SIEMPRE incapaces de cumplir sus promesas o programas. Pero tal y como ocurre con la religión, la fe mueve montañas, y la gente, políticamente ignorante en su inmensa mayoría, sigue creyendo que votar es el camino…

La política, la religión, las pseudociencias, los deportes mediáticos, la televisión basura, etc. Todo es más de lo mismo: aceptación, integración en el sistema, opio del pueblo, y sobre todo, complicidad con la tiranía que nos oprime.


La España que viene: miseria y pobreza

La situación en España es alarmante, catastrófica, todo un sumidero de atrocidades, injusticias y verdaderas calamidades. Y eso que la decadencia socio-económica no ha hecho más que empezar. En fin, demos gracias a empresarios y políticos por mentirnos, robarnos y empobrecernos. Ellos son los causantes de la crisis y los responsables de la tiranía que se cierne sobre nosotros. Ellos son, en definitiva, nuestros enemigos a combatir. ¿Que nos dan trabajo?, ni que la empresa privada fuese la única vía para trabajar, lo público puede ser aun más eficiente que lo privado y también el motor de la economía. Los empresarios y sus empresas privadas NO son necesarias, es más, son antiproducentes.

La clase empresarial española ostenta el poder en la sombra, dictando la política económica, privatizando lo que es público, rebajando los salarios, y despidiendo a los trabajadores. Esta es la principal dinámica de la clase empresarial. Cuanto menos cobren los trabajadores y cuantos más trabajadores estén en situación de desempleo, mejor les irá a los empresarios: más beneficios, más ventajas para competir, y más capacidad para presionar y coaccionar a los trabajadores. ¿Este es el tipo de trabajo que queremos?, porque sinceramente, la empresa privada a la vista está que no nos conviene en absoluto. ¿O es que vamos a dejar de luchar por nuestra propia dignidad?, ¿ya no nos importa poder estar cómodos y tranquilos en el trabajo? porque si es así, les estamos sirviendo la esclavitud en bandeja de plata.

Además, a los empresarios el empleo les importa un pimiento. La Reforma Laboral sólo ha servido para que puedan despedir más y más barato a los trabajadores. Se han cargado la economía real y muchos obtienen más beneficios especulando. Nos venden la idea de que empresarios y políticos luchan por crear empleo, pero en realidad hacen todo lo posible por aumentar los despidos y precarizar el trabajo. Y por si fuera poco, mientras tanto siguen creando burbujas especulativas que pronto o tarde estallarán, ahondando la crisis presente.

En este punto, los sindicatos deberían levantarse en armas, dejar de lado la Paz Social y no pactar absolutamente nada con la Patronal. Pero esto es utópico, pues de todos es sabido que los sindicatos (CCOO y UGT, entre otros) se han prostituido, y no sólo ya no defienden los intereses económicos de los trabajadores, sino que son en realidad agentes de la clase empresarial: acatan, y por tanto defienden, las medidas de la patronal, además de recibir subvenciones del Estado y cobrar por trabajador despedido.

También, en este punto, los políticos y los partidos de izquierdas deberían levantarse en armas, movilizar a la gente, luchar codo con codo con los sindicatos, organizar un frente popular, defender la lucha social, etc. Pero esto es nuevamente utópico, pues de todos es sabido que los partidos políticos se han prostituido, y no sólo ya no defienden los intereses del pueblo español, sino que son en realidad agentes de la clase empresarial: acatan, y por tanto defienden, las propuestas de la clase empresarial, además de recibir subvenciones del Estado, donativos ilegales, suculentas ofertas laborales, dietas, comodidades, etc.

El pueblo español no puede confiar por más tiempo en la política institucional. Pues ésta está absolutamente podrida y vendida a la clase empresarial, que es precisamente la que nos quiere llevar de vuelta al siglo XIX: proletarización masiva de la sociedad, ínfimos salarios, aumento de la jornada laboral, alto desempleo, inexistencia de servicios públicos, inmensas desigualdades sociales, nulos derechos civiles, escasas libertades (salvo la de comprar sus productos), etc. Este es el capitalismo neoliberal, el capitalismo de antes de la Revolución Soviética pero aun más agresivo.

Si hemos gozado de tranquilidad, prosperidad, derechos, libertades y un Estado del Bienestar durante algunos años, ha sido indudablemente gracias al movimiento comunista y la lucha social.

Pero derrotado el comunismo, el capitalismo se ha puesto manos a la obra para revertir todos los progresos sociales alcanzados hasta la fecha, sobre todo en materia de salarios, empleo y servicios sociales. Lo que viene es, ni más ni menos, que el despotismo totalitario, cinismo y arrogancia en estado puro.

Empresarios y políticos están destruyendo nuestra sanidad, nuestra educación y nuestras pensiones públicas. Servicios sociales básicos que son patrimonio de todos nosotros, pero que están recortando y privatizando sin piedad ni consulta. ¿No están ahora tan de moda las consultas?, pues que nos pregunten, si tienen huevos, si queremos que destruyan nuestros servicios sociales.

Sólo en Cataluña, donde residen los amantes de las consultas, la lista de espera para acceder a operaciones en hospitales públicos es de varios años y más de 180.000 catalanes están en lista de espera. Cataluña es pionera en el Estado español en privatizar la sanidad pública. ¿Consecuencias?, preguntemos a los que ya han muerto por falta de asistencia sanitaria. ¿Culpa de España?, más bien no, pues son los ricos y los empresarios catalanes los que se quedan con el negocio de la sanidad privada, evaden impuestos, y practican la corrupción de forma descarada. La cuestión del nacionalismo es tan sólo una pantomima que favorece a los empresarios, pues se nutren de dividir y confrontar a los trabajadores entre sí. No hay más que eso, divide y vencerás.

Sea como sea, el panorama privatizador no nos conviene. La alternativa a los servicios sociales públicos y universales, son los servicios sociales privados, es decir, un robo. Y los políticos intentan justificar la privatización de lo público a través de ir recortándolos y empeorando deliberadamente su calidad, para intentar conformar la idea falsa de que lo público no funciona, y por tanto, de que lo privado funciona mejor.

Y es que a los ricos no les interesa lo público. ¿Y por qué? porque los ricos no quieren contribuir al bienestar social, les importa una mierda la gente. Los ricos sólo piensan en el dinero, y por tanto, el dinero está por encima de la sociedad: por dinero explotan a los trabajadores, hunden en la miseria a los países del tercer mundo, matan de hambre a la gente, provocan guerras, especulan con productos, etc. ¿realmente alguien cree que se preocupan por nuestro bienestar? NO!, los ricos son todos unos completos hijos de puta que sólo piensan en su puto bolsillo.

Así, la sanidad privada, lo mismo que la educación privada, están pensados única y exclusivamente para ricos. ¿Y por qué?, porque los que tengan dinero se curarán y se educarán, y los que no, se morirán siendo ignorantes. Fin de la historia.


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