21. El siglo negro de la humanidad

La construcción del modelo económico capitalista fue la resultante de la destrucción del sistema feudal, movida por la evolución particular del desarrollo de los medios de producción.

Por ende, la construcción del modelo económico comunista, o socialista en primera instancia, será la resultante de la destrucción del sistema capitalista, aunque esta vez, no será movida por la evolución de ningun medio de producción, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas.

Como puede observarse en este símil, el comunismo plantea ir contra-natura humana debido a que el orden sociológico natural de nuestra especie, por así decirlo, radica en la sucesión en cadena del desarrollo inherente de los medios de producción.

Tras el sistema capitalista, no tiene porqué venir el sistema socialista. Ésto sólo puede ocurrir si se produce un hecho excepcional: la revolución socialista. De forma natural, tras el sistema capitalista nacerá un sistema nuevo, basado igualmente en la explotación del hombre por el hombre, o tal vez en la explotación del hombre por el superhombre. Nadie sabe qué nivel de deshumanización seremos capaces de alcanzar.

El ser humano, destruyendo o no su propio hábitat natural, evolucionará a través de la selección artificial: la selección social impuesta por el orden establecido. Es muy probable que el hombre logre destruir gran parte de su propio hábitat natural, y que las diferencias sociales aún se acentúen más. Supondremos que el orden establecido es tal, que la hegemonía del capital, o del mecanismo que lo sustituya, será absoluta.

En ese escenario, la posibilidad de que aparezca una revolución social irá disminuyendo: de cada vez más, los individuos que mejor se adapten socialmente al sistema lograrán tener más hijos y vivir más tiempo. El resto irá muriendo o pudriéndose en la ignorancia y la impotencia de haber nacido excluidos.

El control de las conciencias, a nivel genético, pasará a ser uno de los pilares del nuevo mundo humano. No se permitirán mentes despiertas o desafiantes, aquellos que desarrollen este tipo de actitudes serán tratados como enfermos o trastornados, y los que lleguen a poner en práctica sus principios serán tratados como terroristas.

Las ideologías serán desterradas de la conciencia humana, salvo aquellas que permitan perpetuar el orden establecido. Y así sucesivamente, con todos y cada uno de los aspectos de la psique humana.

Para entonces, y como ocurre ya en la actualidad, la doctrina marxista no servirá. El comunismo será una utopía caduca, desarraigada de la historia, de la cultura, del pensamiento y de las aspiraciones del hombre. El legado del marxismo en la sociedad del hombre acabará reducido a la siguiente premisa: la transformación del mundo y de la sociedad humana es imparable. Si los más desfavorecidos se organizan y luchan juntos por unas aspiraciones comunes, pueden lograr un cambio en la sociedad. Todo depende de su fuerza de voluntad.

De cómo se desarrollará ese cambio y si logrará llegar a buen puerto, es un tema a tratar más allá de estas líneas. Pero algo está claro, sin una buena teoría adaptada a los tiempos futuros, los más desfavorecidos no tienen nada que hacer. Además, haría falta que esa teoría volviera a recordar cuan débil y al mismo tiempo importante, es la conciencia del hombre. Que volviera a recordar que para que los olvidados puedan construir lo nuevo, tienen que destruir lo viejo. Que volviera a evidenciar que en la sociedad humana, todo lo mueven intereses particulares y colectivos, y que en ocasiones muy excepcionales, el hombre puede tomar conciencia sobre determinadas cosas y luchar, no ya contra-natura, sino por su propia supervivencia.

La revolución social aparecerá sólo cuando deje de ser una cuestión romántica y se convierta en una necesidad absoluta. Hasta entonces, los pobres serán pobres y los ricos serán ricos, y el orden establecido proseguirá su desarrollo. Tal vez la revolución llegue con el capitalismo, o tal vez no.

En el transcurso del siglo XXI, la humanidad se enfrentará a los más radicales cambios que jamás haya experimentado. Cambios que ridiculizarán la desolación de la peste bubónica o la destrucción de la segunda guerra mundial.


El Comunismo no volverá a levantar cabeza

A día de hoy, el movimiento comunista no existe como tal.

Tal vez en otra época existieron organizaciones que, gracias al legado aportado por el marxismo, pusieron en práctica no sólo los conocimientos sobre la lucha de clases, sino también su valentía, su entusiasmo y su afán de cambiar el mundo para bien. Una época donde aun existían los movimientos filosóficos rompedores, donde aun no existía la hegemonía ideológica del capital, donde aun no se habían desarrollado los medios de inculcación ideológica burgueses (los llamados “medios de comunicación” o “mass media”). Pero sobre todo, unos tiempos en los que la burguesía aun no estaba preparada para combatir un movimiento comunista científico, combativo y ambicioso.

A día de hoy, la burguesía ya ha aprendido la lección. La lucha de la clase obrera hizo mella en el pensamiento ideológico burgués, sobre todo debido a la existencia del socialismo real (URSS), hecho que acabó de concienciar a la burguesía sobre cuan frágil era su tiránico sistema de dominación. La mera idea de que una conciencia de clase y unos valores de lucha y solidadidad se pudieran extender por entre la clase trabajadora, les aterrorizaba.

Y sigue aterrorizándoles. Salvo que ahora el movimiento comunista ya no existe, el mundo se ha globalizado, y el sistema capitalista se ha extendido por todos los rincones del mundo. La ideología dominante es la ideología de la clase dominante, y la clase dominante es la burguesía capitalista. Los negocios se reproducen por doquier, la corrupción política es ya un pilar del sistema, la frialdad, la indiferencia y el egoísmo se propagan, y las guerras, la deshumanización y la desigualdad social, son hechos tan aceptados como las leyes naturales.

No hay alternativas. No al menos de forma pacífica. El control de la burguesía es absoluto, y por absoluto se entiende lo siguiente: dentro del marco parlamentario burgués (en aquellos países donde ese marco existe), si las organizaciones políticas aceptan el sistema de dominación, entonces sobreviven sin problemas. Si no obstante alguna organización política pretende cambiar el sistema, la burguesía despliega una lucha atroz para enterrar cualquier posibilidad de que tal formación alcance el poder. Y aun si acceden al poder y la sociedad entera hace frente a la burguesía, los bancos, los terratenientes, el ejército mercenario y los servicios secretos, ejecutarán cuantas operaciones sean necesarias para tomar el control completo de los órganos de poder del Estado y erradicar con ello el auge de cualquier desviación del “status quo”.

Algunas de las herramientas que la burguesía puede usar en la actualidad son las siguientes:

* Propagar la tergiversación, la manipulación, y el miedo a través de los “mass media”.

* Cohartar las libertades civiles a través de leyes.

* Extorsionar a la sociedad a través de la subida de la prima de riesgo.

* Desarrollar masivamente una fuga de capitales para empobrecer un país.

* Limitar el dinero que la gente puede extraer de sus cuentas corrientes.

* Imponer quitas sobre los ahorros de la gente.

* Realizar corralitos.

* Privatizar servicios públicos.

* Desplegar operaciones policiales de abuso y torturas a la ciudananía.

* Financiar grupos radicales religiosos y anarquistas.

* Corromper líderes políticos.

* Asesinar líderes políticos.

* Ejecutar la injerencia exterior para provocar conflictos civiles y armados.

* Realizar golpes de Estado.

* Empobrecer a la sociedad a través del acaparamiento de alimentos y otros recursos básicos.

* Destruir empleo.

* Bajar salarios.

* Implantar el fascismo.

¿Qué se puede hacer ante todo esto?

La sociedad no tiene formación en combate. La sociedad no tiene formación en lucha de clases. La sociedad teme, odia o rechaza completamente la ideología comunista. La sociedad está presa del miedo y el conformismo. La sociedad no está educada en el pensamiento crítico ni en la rebeldía. La sociedad es ignorante e inconsciente sobre muchas cosas importantes.

La única esperanza pasa por esperar a que el sistema capitalista como tal, se desmorone: que las diferencias entre la propia burguesía, que la lucha por el acaparamiento y la obtención de los escasos recursos que quedan, conlleve a la aparición de brutales guerras entre los Estados y las Naciones del mundo.

Entonces, tal vez, la sociedad abra los ojos. Pero sólo tal vez.

Por la crisis que estamos viviendo, y por el resultado que la sociedad está dando ante una fallida y un claro abuso del poder capitalista, es muy dudoso que algún día logremos levantar cabeza y luchemos por la dignidad humana.


Boikot al Auge del Capital

Es necesario contrarrestar la decadencia y la mediocridad crecientes, que la clase capitalista está imponiendo paulatinamente a la sociedad. Hablemos pues, sin tapujos:

El fútbol mediático es enfermizo. Es una fuente de agresividad desbocada, adoración estúpida, y fanatismo sólo equiparables con los radicales religiosos. No aporta nada bueno a la socidad, sino sólo aborregamiento y servidumbre.

La publicidad televisiva es subliminal y engañosa. Despierta falsas esperanzas y necesidades, juega con las emociones y los sentimientos de la gente, nos hace dóciles y maleables, y profundamente codiciosos. Nos extirpa capacidad crítica y reflexiva, y nos convierte en seres dependientes del tener y el parecer.

Los planes de pensiones privados son un robo. Los bancos y los fondos de inversión utilizan nuestro dinero para lucrarse, arriesgándolo temerariamente y con total impunidad. No permiten al cliente controlar su dinero, sino que lo abandonan a su suerte, y por tanto, a expensas del ritmo frenético y descabellado de los movimientos bursátiles y puramente especulativos.

La especulación financiera es el cáncer de esta sociedad. La búsqueda de la máxima rentabilidad atrofia el crecimiento real de la economía, encarece los precios de los bienes y servicios innecesariamente, y por tanto, empobrece a la sociedad.

La lotería es un juego macabro, el impuesto para los tontos. Nunca en vuestra vida os va a tocar la lotería. Y si algún día os llega a tocar, rezad para que no acabe de hundiros la vida. Pretender ganar dinero sin trabajar y sin esforzarse, es un gol en toda regla que nos ha colado la burguesía. La esencia del capitalismo devorador y rastrero ha calado hondo en la sociedad. Nuestros enemigos nos han esculpido a su imagen y semejanza.

Los medicamentos son drogas que se anuncian sin control alguno por la televisión, mostrando ser la panacea contra dolores de cabeza, malestar y resfriados. Además, se elaboran con todo tipo de sabores familiares para que su consumo sea mucho más atractivo. La fiebre por los medicamentos no ha hecho más que comenzar y de seguir así la farmacolodependencia se convertirá en un problema crónico en la sociedad.

La medicina alternativa no existe. La medicina tradicional china es un timo. La homeopatía es una estafa. Los curanderos son unos charlatanes. Los naturópatas, los quiroprácticos, tantos “eco”, “bio”, “pro”, y demás eslóganes de la modernidad, son simples reproductores de la sugestión, el placebo, o a veces ni eso.

La guerra contra el terrorismo no existe. Todo forma parte de la misma campaña mediática de miedo y terror, orquestada con un único objetivo: destruir las libertades civiles y la privacidad para potenciar el espionaje masivo y la “caza de brujas”.

No vivimos en una democracia. Vivimos en una plutocracia, el gobierno de los ricos que roban a los pobres, pero que paradójicamente han logrado convencer para que, a través del voto a simples marionetas paupérrimas, crean que son libres o que hay libertad.

Los videojuegos están adormeciendo a la juventud. Con cada videojuego, las principales multinacionales del sector audiovisual difunden un contenido ideológico muy concreto y que para penetrar en nuestras conciencias hacen uso de las más sofisticadas y atractivas técnicas de persuasión. Modelan conciencias, destierran el contacto humano, y convierten a los jóvenes en adictos audiovisuales.

La pornografía, lejos de ser un instrumento para una masturbación funcional, crea en la conciencia del hombre la imagen de una mujer sumisa o a veces esclava, que deberá acceder a todos sus deseos, y que será tratada con desprecio si no lo hace. El fomento del machismo a través de la pornografía escapa a todo control o filtro educativo. El daño que ha hecho en las relaciones sexuales reales y corrientes, es ya irreparable.

Tras estos breves ejemplos, sólo queda una última cosa:

No te dejes influenciar por la decadencia y la mediocridad del sistema, el camino fácil consistente en dejarse llevar no es producente. Pensar por uno mismo, pensar en los demás, y reflexionar constantemente, nos hará libres de la esclavitud consumista.


Enseñanzas de la Crisis (Parte 1)

“There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.” (Warren Buffet, 2011)

Ya ni siquiera es necesario recurrir al marxismo para intentar demostrar la existencia de la lucha de clases. En ocasiones, la propia clase capitalista reconoce abiertamente las atrocidades que su régimen de explotación y dominio provocan sobre la clase trabajadora.

Antes incluso del inicio de esta crisis financiera (2008), y tras el implacable desmantelamiento de la URSS, la clase capitalista ya comenzó con las privatizaciones y los recortes de derechos laborales y libertades civiles, que tanto esfuerzo costaron adquirir a la clase trabajadora tras la primera y la segunda guerra mundial. La llegada de esta crisis ha servido, paradójicamente, para acentuar las políticas neoliberales que por aquel entonces inició la clase capitalista a través de sus títeres R. Reagan y M. Tatcher.

En un mundo con conciencia de clase y organización por parte de aquellos que son sistemáticamente explotados, esta crisis debiera haber servido para debilitar a la clase capitalista dominante, a poner en jaque todo su sistema de dominación y en definitiva, a mantener intactas las conquistas sociales de la clase trabajadora.

La realidad sin embargo, está carente de tal supuesto, y es que la clase capitalista lleva décadas desplegando una táctica sutil pero demoledora para seguir ganando la lucha de clases. Esto ha sido posible debido a dos factores:

En primer lugar, facilita mucho las cosas ostentar el poder económico y político, y además tener la propiedad de los medios de comunicación dominantes, ya que los medios han jugado un papel central en todo este proceso de transferencia de renta (del trabajo al capital) que, en realidad, no ha hecho más que comenzar.

En segundo lugar, la clase capitalista ha sabido luchar por sus intereses impidiendo que la clase trabajadora pudiera luchar por los suyos, ya que, los intereses de la clase capitalista son antagónicos a los intereses de la clase trabajadora.

De esta forma, desde la década de los 60 empezaron a corromper todas las organizaciones comunistas habidas y por haber, compraron y prostituyeron a los sindicatos, y desplegaron una feroz campaña anticomunista que sobrepasó el ámbito de la propaganda política, los libros y artículos mezquinos, y las películas sin rigor ni fundamento alguno; logrando así instalar la cultura del anticomunismo en el corazón mismo del sistema educativo, es decir, en nuestra conciencia.

Luego, el camino estaba libre para poder inculcarnos cualquier cosa, entre ellas, los deportes mediáticos, los mediocres programas de divertimiento, los videojuegos, las drogas, etc. Así, prosiguieron su lucha ideológica con aquello de que las clases sociales habían dejado de existir, de que habíamos superado el capitalismo y de que estábamos en la sociedad del libre mercado y del libre consumo. Nos vendieron la utopía de que también las crisis de sobreproducción capitalistas se habían superado, en donde todos podíamos llegar a ser ricos, en donde las ideologías eran cosa del pasado, en donde lo privado sería siempre mejor que lo público, y sobre todo, en que vivíamos en una democracia y en el mejor de los mundos posibles. Desarmados frente a todo este arsenal ideológico, no pudimos o no quisimos ver el engaño al que estábamos siendo sometidos.

En ese momento se podía pensar que aún cabria la esperanza de que cambiásemos de mentalidad y actitud cuando la realidad pusiese en jaque a la clase capitalista. Pero nada más lejos de la realidad.

Al estallar la crisis financiera, la clase capitalista encontró rápidamente el método para seguir ganando su guerra de clase contra nosotros. Primero difundieron que la crisis había sido una consecuencia de vivir por encima de las posibilidades de uno. Pero con ello no se refirieron a ellos mismos, es decir, a los ricos que todo lo acaparan, sino que se refirieron a nosotros, la gente corriente, que humildemente nos ganamos el pan trabajando a destajo y viviendo con el agua al cuello. Luego continuaron con el tema de apretarse el cinturón y la cultura del sacrificio, y finalmente persistieron en la idea de que lo público no es eficiente ni rentable.

Paralelamente al despliegue de este arsenal en el terreno ideológico, la clase capitalista logró que sus gobiernos lacayos hicieran pagar a la gente (es decir, con el dinero público del Estado) la deuda privada de los bancos. Tal socialización de pérdidas antidemocrática concedida a los ricos por parte de “Papá Estado”, implicó un brutal aumento de la deuda pública, la cual se encontraba en mínimos históricos antes de estallar la crisis. Tras esta monumental estafa, la clase capitalista utilizó la deuda pública (generada para salvaguardar sus bolsillos), como pretexto para imponer brutalmente una política de austeridad, y de más privatizaciones y recortes sociales.

La austeridad, por tanto, no es una receta únicamente económica. Es una receta política e ideológica orquestada para impedir que la crisis se supere, para que la gente siga teniendo miedo, y con el pretexto de que se ha derrochado dinero público, para que la clase capitalista pueda seguir recortando derechos, prestaciones sociales y libertades civiles. La austeridad no es pues, sino otra herramienta que la clase capitalista utiliza para seguir ganando su guerra de clase.

Vivimos en una dictadura impuesta por los altos empresarios, cuyo poder se ramifica colosalmente para controlar todas las esferas de la vida. Imponen políticas de forma unilateral, coartan gobiernos, amenazan la privacidad y los derechos de la gente, destruyen la naturaleza, y allí donde llegan reproducen el mismo modelo macabro de dominación y jerarquía.

Finalmente, nos encontramos en un mundo desigual e injusto, donde la gente como nosotros no pinta nada. La clase capitalista ha logrado que el ejercicio de votar en unas elecciones tenga el mismo grado de trascendencia que el ejercicio de consumir productos.

Lo que la gente como nosotros, y por ende la clase trabajadora, debe extraer (principalmente) de toda esta situación, se resume en la siguiente frase:

“The more we gave in and complied, the worse they treated us.” (Rosa Parks, 1992)


2015: La Deflación de la Eurozona

Las recetas neoliberales impuestas por la clase capitalista dominante, no sólo están socavando los derechos laborales y el nivel adquisitivo de la clase trabajadora europea, tampoco están funcionando ni para estabilizar la economía ni para salir de la crisis.

En el transcurso de esta inacabada crisis de sobreproducción capitalista, el BCE ha seguido una política “de ánimo” a través de la bajada continuada de los tipos de interés. Sin embargo, el volumen de deuda es tan abrumador, y los bancos están tan sumamente centrados en cobrar la deuda y obtener beneficios, que finalmente no se han producido los estímulos económicos que cabría esperar.

Por las razones anteriores, la idea de hacer una “quita” de la deuda no atrae en absoluto a los bancos. Los bancos quieren cobrar toda la deuda cueste lo que cueste. Hacer una “quita”, o declarar una parte de la deuda como “ilegítima”, provocaría una importante pérdida de capital para los bancos, hecho que no están dispuestos a asumir.

Con los bancos fuera del mercado productivo, el estancamiento y la morosidad es la única realidad. Las empresas están reestructurándose para afrontar los años de crisis venideros, que se auguran difíciles. El despido de los trabajadores y la optimización de los gastos es la tónica que domina en el sector empresarial. Sin embargo, recortar en trabajadores implica necesariamente reducir la capacidad productiva, ergo, recortar los gastos implica reducir los ingresos.

En esta tesitura, las grandes empresas logran sostenerse sin alcanzar los beneficios esperados, las medianas y pequeñas empresas se dirigen lentamente hacia un precipicio, y los autónomos sobrevivien como pueden en un mercado altamente competitivo, con los precios a la baja y los ingresos ciertamente escasos. El sector público también ha sufrido recortes y privatizaciones, lo que a la larga repercutirá en la calidad de vida de la sociedad, exceptuando la calidad de vida de los ricos, que ya va en aumento.

Tenemos por tanto una Europa estancada, cuyo tejido productivo resiste con la esperanza de que pronto se va a recuperar la economía. Sin embargo, todos los indicadores apuntan a una deflación generalizada, promovida por la nula inversión productiva, tanto en infraestructuras como en servicios públicos.

La estrategia no es otra que la de estrangular a la clase trabajadora, la cual aun no es consciente de la lucha que se está desarrollando. El poder adquisitivo de la clase capitalista ha aumentado con la crisis mientras el poder adquisitivo de la clase trabajadora ha ido cayendo. Esta tendencia se mantendrá en el futuro, disparando la ya acentuada desigualdad social. Una tendencia que es fruto de una estrategia avara, orquestada a través de los instrumentos de la clase capitalista europea, que lejos de planificar la economía o pensar en un sentido más estratégico de futuro, mira únicamente por la obtención del beneficio a corto plazo.

Ante las atrocidades perpetradas por la clase capitalista, sólo quedan dos opciones: resignarse y resistir pacientemente la debacle económica, con todo lo que ello implica, o bien alzar la mirada, distinguir a nuestros verdugos, y acabar con ellos.

Ciertamente, existe una tercera opción, que es la penetrar en el difuminado mundo de la fantasía. Un mundo donde la esperanza y la autocomplacencia determinan nuestro absurdo nivel de conformismo, donde ya sea Podemos, la Liga BBVA, la Lotería de Navidad, o el Independentismo, logran engañarnos una vez más, con el fin de que olvidemos nuestros verdaderos objetivos de clase.


Todo depende de nuestra conciencia

Las contradicciones internas del sistema capitalista son más que evidentes: poseedores y desposeídos, dominadores y dominados, ricos y pobres, explotadores y explotados, clases altas y clases bajas, primer mundo y tercer mundo, etc. Es innegable el hecho de que el sistema capitalista está asentado sobre la desigualdad social y que hace de la desigualdad social, un criterio de progreso. Sin embargo, la mera existencia de la desigualdad social o de intereses contrarios entre las distintas clases sociales no son factores determinantes para el desmoronamiento del sistema capitalista o para el surgimiento de una revolución social, menos aun en el siglo XXI.

Lo que verdaderamente va a determinar el porvenir de la sociedad humana es hasta qué punto las contradicciones o desigualdades del sistema capitalista se volverán extremas o insostenibles, y de qué modo la sociedad responderá ante ellas.

Contradicciones Insostenibles

En realidad, lo que va a determinar que las contradicciones del capitalismo sean o no sean insostenibles, es la conciencia colectiva de la sociedad humana: de los trabajadores, de los estudiantes, de los jubilados y de los parados.

El sistema capitalista jamás se desmoronará únicamente por sus contradicciones internas, durará hasta que la sociedad diga basta, puesto que ningún sistema económico puede desmoronarse por sí mismo. Siempre existe una fuerza humana o social que lo logra derrotar y transformar. El feudalismo cayó porque la clase capitalista luchó y logró erradicarlo. La vieja Rusia zarista cayó porque la clase trabajadora luchó y logró erradicarla. La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cayó porque la clase capitalista luchó nuevamente y logró erradicarla. Nada cae por si solo, incluso un castillo de naipes cae porque alguien tira la primera carta.

Es por ello que el capitalismo no se detendrá ante genocidios humanos o catástrofes naturales. Cualquier escenario, por adverso que sea, proporcionará a los capitalistas nuevas oportunidades para abrir nuevos mercados y con ello seguir enriqueciéndose a toda costa. En este sentido, podría llegar el día en que ante una crisis económica, el capitalismo necesitase desarrollar una tercera guerra mundial para sostener el crecimiento, o podría llegar el día en que ante la contaminación absoluta del aire, los seres humanos tuviésemos que comprar aire purificado para poder respirar.

No importa cuan atroces sean las situaciones, los seres humanos sólo importamos en la medida que producimos o generamos ganancias para los capitalistas, y para todo lo demás, el dinero está siempre por delante. Un caso claro son los movimientos migratorios frente a los movimientos monetarios: el dinero puede moverse y trasladarse libremente por todos los países del mundo, pero cuando los seres humanos quieren hacer lo mismo, se encuentran con muros y alambradas, y con leyes y policías que los retienen, los torturan, los asesinan o los expulsan a otro país.

Sólo la sociedad tiene la llave para considerar insostenibles las contradicciones del capitalismo y poder frenar el descalabro y el despropósito del mismo. No obstante, si la sociedad humana considera que 2.200 millones de pobres no es motivo suficiente para alarmarse, si considera que las más de 50 guerras que se están desarrollando en estos momentos en todo el mundo no son motivo suficiente para reflexionar, si considera que la globalización y la libre competencia empresarial son elementos buenos para el mundo, si considera que la erradicación del Estado del Bienestar no es motivo suficiente para la indignación, si considera aceptable la precarización laboral y la bajada continuada de los salarios, si considera tolerable la existencia de paraísos fiscales, si considera ineludible el pago de una deuda ilegítima, si considera que el imperialismo occidental favorece la paz mundial, si considera que los pobres son pobres porque son tontos o se lo merecen, si considera irrisorio el nuevo auge del fascismo, etc., entonces es evidente que las contradicciones del capitalismo no serán nunca insostenibles.

Todo depende de nuestra conciencia. Si tragamos y nos sometemos a los dictámenes del capital y de los capitalistas, nunca se resolverá ninguna contradicción: los que no tengan dinero para consumir alimentos o productos, o procurarse un hogar, o permitirse una educación, o acceder a la sanidad, u obtener una pensión, simplemente tendrán que “vivir” sin ello, como ya ocurre con muchísima gente en muchos países del mundo.

Cada 4 segundos muere un niño de hambre en el mundo porque ni ellos ni sus familiares tienen recursos suficientes como para procurarse alimentos. En España hay más de un 20% de niños en situación de pobreza extrema, la privatización de hospitales y el cierre de urgencias ha provocado 70.000 muertes evitables en tan sólo 4 años, grandes empresas como Movistar o Coca-cola, han despedido en España a miles de trabajadores aun teniendo beneficios estratosféricos.

Los empresarios y sus mercenarios los políticos, están provocando el aumento de la pobreza y de la desigualdad social. Y es que la pobreza tiene su origen en la explotación y el esclavismo perpetrados por los capitalistas, especialmente por las corporaciones multinacionales que operan como auténticos criminales por todo el planeta.

Cada vez existen menos regulaciones y menos controles sobre las grandes empresas y las grandes fortunas, y esto denota el poder que tienen los ricos. Un poder que han obtenido gracias a la desigualdad social que ellos mismos han originado, y que con la excusa de la “libertad”, campan a sus anchas haciendo y deshaciendo a su voluntad: destruyen ecosistemas, contaminan y calientan el planeta, agotan el petróleo y el gas del subsuelo, explotan a niños y mujeres en el tercer mundo, roban e impiden el desarrollo de los países pobres, no pagan impuestos, controlan a los políticos, imponen su visión destructiva y competitiva en los medios de comunicación, impulsan guerras para obtener recursos estratégicos, especulan en los mercados financieros con los alimentos, crean burbujas especulativas que acaban generando crisis financieras, nos adoctrinan con los deportes mediáticos y la prensa basura, despiden a miles de trabajadores aun teniendo beneficios, deslocalizan empresas para poder explotar más a los trabajadores en otras partes del mundo, etc.

Están logrando imponer en todo el mundo su nueva doctrina de dominación y totalitarismo: el neoliberalismo, es decir, el capitalismo salvaje. Un modelo económico basado en la individualidad y la desigualdad social extrema, que permite que los que no tienen dinero o trabajo puedan ser excluidos de la sociedad y mueran en silencio cerca de un vertedero, debajo de un puente, o dentro de un cajero automático.

Los empresarios, los políticos y sobre todo los medios de comunicación, nos quieren convencer de que debemos aceptar estas cosas tal y como son, y tal y como deben ser. La reflexión y la empatía no están a la orden del día. No nos quieren inteligentes y críticos, nos quieren mansos y obedientes, que no cuestionemos el poder o la autoridad, que miremos únicamente por nuestro interés particular, que observemos con devoción la propaganda y vayamos como idiotas a comprar los productos anunciados, quieren que adoremos a payasos que chutan un balón y a famosos haciendo fiestas en sus inmensos yates, quieren que lo único que nos importe sea la riqueza y el dinero. Y es evidente que es una estrategia muy inteligente por su parte.

Si como sociedad aceptamos las ideas y los valores de los ricos que nos gobiernan, estaremos siempre desarmados frente a su dominación. ¿Cómo vamos a considerar que el capitalismo es insostenible o que hay que cambiar los cimientos del sistema, si nos creemos que hay democracia y que este es el mejor de los mundos?, ¿cómo vamos a comprender el origen de la desigualdad social, si nos creemos que la empresa privada es la mejor forma de gestionar la producción?, ¿cómo vamos a enfrentarnos a los ricos que han provocado la crisis si consideramos que la crisis es culpa nuestra por haber vivido por encima de nuestras posibilidades?, ¿cómo vamos a hacer frente al problema del fraude fiscal de los ricos si creemos que la culpa del déficit la tienen únicamente las administraciones y el sistema público del Estado?, ¿cómo vamos a defender la inversión pública y los servicios públicos universales si culpamos a inmigrantes, moros, extranjeros, o gitanos de haber provocado un derroche masivo, y como consecuencia de esta idea defendemos su exclusión del sistema público?, ¿y cuando se nos excluya a nosotros de la sanidad y la educación, qué haremos?

Nos están embaucando a todos y es fundamental comprender el engaño al que estamos siendo sometidos. Para contrarrestar este perjuicio a nuestra inteligencia y nuestra dignidad, es imprescindible comprender que bajo el capitalismo no existe forma alguna de resolver las contradicciones internas del sistema, ya que éstas tienen su origen en la base misma del capitalismo: el régimen de propiedad privada es la causa real de la desigualdad y la poca o nula distribución de la riqueza. Aun con los increíbles avances tecnológicos y científicos que se están llevando a cabo en la actualidad, y la cantidad de productos y servicios que se ofertan en el mundo, sigue habiendo pobreza, miseria y desigualdad. Los avances en electrónica, informática, comunicaciones, medicina, química, biotecnología o agricultura, entre otros muchos sectores productivos, no están ayudando a satisfacer las necesidades más básicas de la sociedad humana.

Un claro ejemplo son los alimentos y el hambre. Pese a que la industria agroalimentaria produce cada año y a nivel mundial, alimentos para 12.000 millones de personas, somos 7.000 millones y más de 1.200 millones pasan hambre. Es un insulto a la inteligencia y la dignidad humanas el que a estas alturas el capitalismo no haya querido resolver esta contradicción, ya que el hambre no es un hecho fortuito, sino provocado deliberadamente por la política del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otros.

El sistema capitalista jamás será capaz de satisfacer las necesidades humanas más elementales porque no es un sistema diseñado para cubrir las necesidades de la sociedad humana, sino que únicamente ha sido diseñado para que muy pocos (los capitalistas) se puedan hacer muy ricos a costa de los demás. La riqueza y lo producido no se distribuyen racional o equitativamente. Todo se vende y se compra en un mercado donde quien no tiene dinero no puede consumir. Y en un sistema donde cada vez se busca producir más con menos tiempo y menos recursos, para inundar el mercado de productos, y donde los salarios son y serán cada vez menores, la capacidad de demanda jamás podrá igualar a la de la oferta, y he aquí el origen de las crisis periódicas de sobreproducción capitalistas.

El capitalismo no es mercado libre ni se basa en la ley de la oferta y la demanda. El capitalismo es concentración de la producción, monopolios, especulación financiera, crisis y guerras. Y si la sociedad humana no eleva su nivel de conciencia y conocimientos acerca de esta cruda y deleznable realidad, cabe la posibilidad de que el capitalismo no se supere jamás, llevando a la sociedad humana hacia un declive perpetuo e incluso hacia su propia extinción.

La Revolución Social

Por el contrario, si la sociedad eleva su nivel de conciencia y sabiduría, las contradicciones del capitalismo podrían resolverse a través de la organización de revoluciones y cambios profundos, que lograsen sentar las bases para la edificación de una nueva sociedad más justa, más libre y más igualitaria.

Pero para llevar a cabo una revolución, se necesita que existan ciertas condiciones previas. Primero, que las contradicciones del sistema sean lo suficientemente agudas como para despertar el malestar y la indignación generalizada en la sociedad. Segundo, que dicha sociedad sienta la necesidad de actuar de un modo distinto e incluso contrario del que ha sido educada. Tercero, que materialice dicha necesidad a través de la organización consciente y colectiva con el objeto de luchar y defender los intereses de la mayoría social. Cuarto, que exista una teoría revolucionaria que abrace tales aspiraciones y sea capaz de conducirlas al éxito. Quinto, que la sociedad revolucionada logre obtener los medios y los recursos necesarios para afrontar la lucha y llevar a cabo la tediosa y no menos heroica tarea de transformar el sistema capitalista.

Como consecuencia de lo expresado anteriormente, es fundamental la existencia de movimientos de izquierdas e intelectuales que vengan recogiendo las experiencias y los testimonios de las luchas sociales anteriores, de victorias y de derrotas, de las teorías revolucionarias que han servido para vencer, y de las que no lo han hecho.

Una de las claves es considerar al hombre como el centro mismo de la economía mundial, y no el dinero ni el afán de lucro ilimitado. Sin embargo, para ello es necesario erradicar la propiedad privada (es decir, la empresa privada) como núcleo central de la actividad económica. La alternativa a la propiedad privada no es otra que la propiedad colectiva, es decir, la igualdad y la democracia económicas, que sitúan al hombre y sus necesidades en el centro mismo del sistema productivo.


Capitalismo, la tumba humana

Tal y como expresa el libro Capital en el siglo XXI escrito por el economista Thomas Piketty, que en realidad viene a reafirmar lo escrito por Karl Marx en El Capital, es un hecho que la desigualdad mundial no para de aumentar. Las rentas del capital aumentan mientras que las rentas del trabajo disminuyen. Es decir, los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Pero hay más, el número de superricos disminuye y el número de pobres aumenta, esto implica que la renta se está concentrando cada vez más en menos manos. Y no sólo la renta, también la riqueza. Los últimos datos ofrecidos por el economista Santiago Niño Becerra son aberrantes: el 0,7% de la población mundial (los superricos) ya controla y posee el 41% de la riqueza mundial, mientras que el 68,7% de la población mundial (los más pobres) sólo se reparte el 3% de la riqueza mundial.

Y la tendencia es que la desigualdad social seguirá creciendo año tras año. Nunca antes los más ricos del mundo habían amasado tal cantidad de bienes, fortunas y poder en sus manos. Estoy hablando de superricos que controlan el sistema financiero, el político y el comercio mundial: los amos del mundo. Todos ellos sólo tienen un objetivo en la vida: tener cada vez más propiedades, más dinero, más poder. Son autómatas que se rigen por la codicia y pese a que sus intereses se enfrentan y en ocasiones sus tensiones desembocan en guerras mundiales, comparten el deseo de explotar y oprimir al resto del planeta. Esto es lo que les da ventaja respecto a los demás: su conciencia de clase y el haberse organizado para dominar el mundo (FMI, BM, OMC, CE, BCE, Bilderberg, OTAN, Maastricht, etc).

Pero además de estos organismos y tratados inquisidores, los superricos disponen de grandes feudos: los Estados capitalistas. Las constituciones y los poderes jurídico, legislativo, ejecutivo y militar, son sus herramientas de clase junto con los omnipresentes medios de propaganda ideológica (libros, periódicos, cine, televisión, etc). Todos ellos son medios para proteger sus intereses: obtener dinero, control y poder. Ninguna de estas herramientas moverá un solo dedo para impedir los recortes sociales, la bajada de salarios de los trabajadores, la privatización del patrimonio público, la creciente pobreza de la sociedad, la aberrante brutalidad policial contra civiles pacíficos, etc.

Sin embargo, si los intereses económicos de estos superrricos se ven amenazados, todos estos poderes se movilizarán para salvaguardarlos. Es por ello que los superrricos tienen a su alcance medios y leyes a medida para poder explotar a los trabajadores y no tener que pagar impuestos. Es por ello que los ejércitos capitalistas entran en combate cuando algún recurso estratégico en propiedad de algún superrico se ve amenazado. Es por ello que el gobierno se reúne con ellos y acata su voluntad. Es por ello que todos los medios de comunicación al unísono nos repiten diariamente que vivimos en una democracia, que el capitalismo es el mejor de los mundos, que la culpa de todas nuestras desgracias ha sido de la gente o los inmigrantes, que no hay alternativas a las medidas económicas, etc.

Es la pirámide del poder capitalista y también la lucha de clases. Pero, ante todo ello, ¿por qué no ha estallado aún una rebelión civil?

Es complejo, pues intervienen muchos factores, pero al final todo tiene sentido. Empecemos considerando lo que nos viene de fábrica: la genética. Existen varios instintos clave que nos ayudarán a comprender mejor las tendencias y los comportamientos en sociedad.

El primero de ellos es el instinto de superioridad. Es un instinto que “activamos” a modo de defensa personal salvo que estemos deprimidos, temerosos o frustrados. Al tenerlo “activado” nos creemos listos y capaces, y normalmente por encima de una “media” imaginaria. Reconocemos rápidamente a los que son más inteligentes y capaces que nosotros en distintos ámbitos y en general nos ayuda a seguir adelante con seguridad y confianza en nosotros mismos.

El segundo de ellos es el instinto gregario. Es un instinto que se refuerza cuando se está en entornos grupales, y que el sistema educativo capitalista cuida que desarrollemos. Es fundamental crear en el cerebro la idea del líder a seguir, por ello la inmensa mayoría de material gráfico o audiovisual enfocado a los niños gravita en torno a un héroe protagonista o a un único Dios creador todopoderoso. Pronto aprendemos a repetir gestos y frases de estos líderes, y a compartirlos en grupo para reforzar nuestro sentimiento de pertenencia.

El tercero de ellos es el instinto de conservación. Es el encargado de que tengamos miedo a lo desconocido o diferente. En definitiva, miedo a los cambios. Es el instinto que nos hace conservar lo que somos y lo que tenemos: agarrarnos a las ideas, prejuicios y posesiones que hemos ido adquiriendo y manteniendo durante cierto tiempo. El Estado refuerza este miedo al cambio mediante las fuerzas del orden, y el poder nos insta a poseer, a ser materialistas, a necesitar el dinero, el trabajo, a vendernos, etc. Y lo que poseemos, acaba poseyéndonos: el coche, la casa, la tecnología, etc. Creyendo que la libertad viene de la mano de la posesión, nos hacemos cada vez más conservadores. Y una vez aprendido y aceptado cómo funcionar, que lo aprendemos por repetición o imitación de los demás y que básicamente consiste en obedecer, producir y consumir, es muy difícil pretender cambiar estos hábitos y concepciones de la vida.

Por otra parte, existen otros apectos de la mente que el capitalismo también modela. Uno de ellos es el carácter o la personalidad de las personas, que recientemente se ha descubierto que es, en parte, hereditario. ¿Qué implica este hecho?, muy sencillo: muchas de las generaciones que salieron rebeldes y que lucharon por un mundo más justo e igualitario, fueron asesinadas por la clase capitalista en el transcurso de la guerra civil española, la segunda guerra mundial, y la postguerra. Por tanto, no es de locos afirmar que, hoy por hoy, y de forma mayoritaria, las generaciones existentes son, en realidad, descendientes de aquellas con el carácter más dócil y sumiso. La conclusión se hace evidente: el sistema capitalsita modela el carácter de los seres humanos actuando de hecho como una selección artificial a nivel planetario. Del mismo modo que el hombre primitivo transformó al lobo salvaje creando el perro fiel tras miles de años de selección artificial, el sistema capitalista transforma al ser humano en un ser individualista, egocéntrico, obediente, y en definitiva, en un ser humano deshumanizado, acorde con el ideal burgués que impera en nuestra sociedad.

Aquí hemos visto sólo algunos aspectos de la psique humana que el sistema capitalista intenta modelar y reforzar mediante el sistema educativo y la propaganda ideológica en el transcurso de nuestras vidas. Pero también a golpe de guerras y violencia. Y lo cierto es que el sistema está alterando nuestra naturaleza con una eficacia jamás vista. Nos estamos convirtiendo en seres muy distintos de lo que éramos hace tan sólo algunos miles de años. La espiritualidad, arraigada al hombre desde que nació como tal, se está perdiendo. En su lugar, una creciente voracidad por el consumo banal y compulsivo nos está convirtiendo en seres irreflexivos, carentes de pensamiento crítico o incluso propio. Los neovalores del capitalismo del siglo XXI nos están convirtiendo en seres egoístas, hipócritas y carentes de empatía humana.

Y para cuando el ser humano despierte de su letargo mediocre y decadente, la violencia del sistema se cernirá sobre él, cual humano al aplastar una mosca molesta. No se puede contemplar un cambio de sistema sin contemplar la utilización de la violencia. Si el comunismo prente erguirse como alternativa al modelo capitalista totalitario, deberá prepararse para resistir y vencer a toda la maquinaria de guerra del mundo, puesto que los capitalistas la utilizarán para seguir manteniéndose en el poder, tal y como ya han demostrado en reiteradas ocasiones.


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