Los Partidos Comunistas deben morir

El movimiento comunista fue derrotado completamente a finales de la década de los 80 del siglo XX. A partir de entonces, los partidos comunistas se han ido atomizando y diversificándose hasta llegar a lo que yo denomino, la Discontinuidad Histórica.

La Discontinuidad Histórica supone un antes y un después para el movimiento comunista, supone una rotura total entre la vieja escuela comunista y la nueva, pero sobre todo se caracteriza por la manifiesta incapacidad real del actual movimiento comunista para adaptarse a los tiempos modernos y conservar al mismo tiempo el espíritu revolucionario y combativo del marxismo. Hablo aquí del abandono completo de la doctrina marxista, motivado tanto por los sectores burgueses como por los propios comunistas.

En la actualidad, se puede apreciar la drástica diferencia entre, por un lado, los Partidos que en el siglo XX lograron movilizar a las masas, levantar pasiones, organizar revoluciones,  edificar el socialismo, luchar y vencer al fascismo capitalista, y por otro lado, los Partidos que en el siglo XXI sólo se dedican a repetir descerebradamente viejas consignas, a practicar la demagogia, a poner en práctica el más paupérrimo revisionismo, a establecer lazos de amistad con la burguesía, a burocratizarse, a apoltronarse, a hacer del marxismo un dogma, y un largo etcétera.

En concreto, el movimiento comunista se encuentra disgregado en tres grandes sectas:

  1. Los que se encuentran bajo el dogmatismo del marxismo-leninismo.
  2. Los que se encuentran bajo el revisionismo burgués.
  3. Los que se encuentran bajo el trotskysmo, que antes incluso de producirse la Discontinuidad Histórica ya llevaban décadas en un irremediable pozo sin fondo.

Todos ellos solo tienen una cosa en común: el abandono de la teoría revolucionaria marxista.

Los primeros, por no haber actualizado el marxismo y haber caído en las redes del infantilismo izquierdista, los segundos, por haberse pasado directamente al lado contrario, y los terceros, por ambas cosas.

Al parecer, nadie se da cuenta de la obviedad más importante: el marxismo, hasta el punto en el que ha sido desarrollado y adaptado a la realidad del siglo XX, ya no sirve como teoría revolucionaria para el siglo XXI. Los profundos cambios que ha experimentado el desarrollo del sistema capitalista en todo el mundo han imprimido nuevas reglas de juego, nuevos escenarios en lo económico, lo político y lo social. Y nada de todo ello aparece en la teoría revolucionaria marxista, porque ésta solo se actualizó hasta el siglo XX.

Los que repiten que la solución es el marxismo y no han cambiado una sola coma de la teoría original, se equivocan. Los que repiten que la solución no es el marxismo y se han desvinculado incluso de la teoría original, se equivocan.

La solución está, pues, en la actualización del marxismo como teoría revolucionaria para el siglo XXI.

Un trabajo que evidentemente, no está al alcance de cualquiera.

Es por ello que el movimiento comunista debe morir, morir para resurgir de sus cenizas. Debe reinventarse, actualizar sus términos, actualizar sus métodos, desenmascarar los subterfugios de la economía moderna mundial, arrojar nuevamente un rayo de esperanza y demostrar al mundo que el cambio y la revolución socialista son aun posibles.

Lo primero que los comunistas modernos deben lograr, es comprender la complejidad de la sociedad capitalista: la nueva economía mundial, las clases sociales existentes, la distribución de esas clases por países, los intereses de esas clases, las luchas entre esas clases. Y determinar así qué clases sociales, dependiendo del país, pueden estar económicamente interesadas en una revolución. Y entonces crear las estructuras organizativas adecuadas para movilizar y elevar el nivel de conciencia de esas clases. Y fraternizar esas clases desde distintos países. Y forjar alianzas con otras clases que persigan objetivos similares. Y un largo etcétera.

Pero nada de todo esto se está siquiera planteando… ojalá llegue el día en que los comunistas vean la luz.


Dictadura Financiera

Dentro de 30 años el dinero efectivo dejará de existir. Todo nuestro salario, nuestro esfuerzo, nuestro sudor y nuestro sacrificio, serán simples bits codificados en alfanumérico a través de pantallas orgánicas, perfectamente diseñadas para captar todos nuestros sentidos.

Si la sociedad humana se deja llevar y no lucha por sus intereses, al final, los intereses de los ávidos y avariciosos acabarán por dominar y controlar nuestras vidas. Nuestro porvenir está en juego. Una crisis devastadora se cierne sobre la civilización humana.

Tal vez sea demasiado pronto para escribir estas líneas pero, un error en la transmisión de datos o un simple bug en el software que controle nuestro dinero podrán poner en riesgo la superviviencia de la especie humana. Jamás seremos libres del yugo de la dominación bancaria y financiera.

El control sobre nuestras vidas será total.

Incontables drones seguirán y vigilarán nuestros pasos, nos grabarán, escucharán lo que decimos, lo que vemos a través de internet, lo que nos gusta consumir y lo que no, etc. 1984 fue una bazofia anticomunista, pero nadie se da cuenta de que es un fiel relfejo de la pútrida sociedad capitalista.

El control social es fundamental para mitigar las devastadoras consecuencias que se derivan de una ineficaz planificación económica y de la consiguiente desigualdad social. Y más que en una forma de dominación a través del conusmo obligado, el control social capitalista se basa en el miedo.

El miedo. la forma más inequívoca de la reacción evolutiva por la superviviencia, nos llevará paradógicamente al fin de nuestros días. La violencia y la parálisis provocada por el miedo, son dos caras de una misma moneda: la moneda de los contrastes, de las contradicciones naturales de la vida. Luz y oscuridad, limpieza y suciedad, dolzor y amargura, bondad y maldad, trabajo y capital, explotado y explotador, libertad y represión, compartir y acaparar, ofrecer y saquear, etc.

Es primordial comprender que la lucha contra el sistema capitalsita no es una lucha puramente económica y política, sino que es una lucha plena contra la naturaleza humana, contra el ser humano tal y como la tiranía lo ha moldeado.

El comunismo no es utópico. Simplemente hay que comenzar de cero. Una nueva humanidad no se construye pensando en cosas bonitas, ni partiendo de una base alienada o viciada por la hipocresía y el cinismo.

Renovación o podredumbre, salvación o decadencia, lucha o muerte. El veredicto final es la respuesta a la cuestión que plantea hacia dónde debe dirigirse nuestra voluntad y nuestra conciencia. Como dijo Richard Dawkins, “yo tengo tanta autoridad como el Papa, salvo que no tengo a tanta gente que me crea”. Esto es lo que diferencia a un hombre de éxito, con caché y liderazgo, de cualquier otro mortal.


21. El siglo negro de la humanidad

La construcción del modelo económico capitalista fue la resultante de la destrucción del sistema feudal, movida por la evolución particular del desarrollo de los medios de producción.

Por ende, la construcción del modelo económico comunista, o socialista en primera instancia, será la resultante de la destrucción del sistema capitalista, aunque esta vez, no será movida por la evolución de ningun medio de producción, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas.

Como puede observarse en este símil, el comunismo plantea ir contra-natura humana debido a que el orden sociológico natural de nuestra especie, por así decirlo, radica en la sucesión en cadena del desarrollo inherente de los medios de producción.

Tras el sistema capitalista, no tiene porqué venir el sistema socialista. Ésto sólo puede ocurrir si se produce un hecho excepcional: la revolución socialista. De forma natural, tras el sistema capitalista nacerá un sistema nuevo, basado igualmente en la explotación del hombre por el hombre, o tal vez en la explotación del hombre por el superhombre. Nadie sabe qué nivel de deshumanización seremos capaces de alcanzar.

El ser humano, destruyendo o no su propio hábitat natural, evolucionará a través de la selección artificial: la selección social impuesta por el orden establecido. Es muy probable que el hombre logre destruir gran parte de su propio hábitat natural, y que las diferencias sociales aún se acentúen más. Supondremos que el orden establecido es tal, que la hegemonía del capital, o del mecanismo que lo sustituya, será absoluta.

En ese escenario, la posibilidad de que aparezca una revolución social irá disminuyendo: de cada vez más, los individuos que mejor se adapten socialmente al sistema lograrán tener más hijos y vivir más tiempo. El resto irá muriendo o pudriéndose en la ignorancia y la impotencia de haber nacido excluidos.

El control de las conciencias, a nivel genético, pasará a ser uno de los pilares del nuevo mundo humano. No se permitirán mentes despiertas o desafiantes, aquellos que desarrollen este tipo de actitudes serán tratados como enfermos o trastornados, y los que lleguen a poner en práctica sus principios serán tratados como terroristas.

Las ideologías serán desterradas de la conciencia humana, salvo aquellas que permitan perpetuar el orden establecido. Y así sucesivamente, con todos y cada uno de los aspectos de la psique humana.

Para entonces, y como ocurre ya en la actualidad, la doctrina marxista no servirá. El comunismo será una utopía caduca, desarraigada de la historia, de la cultura, del pensamiento y de las aspiraciones del hombre. El legado del marxismo en la sociedad del hombre acabará reducido a la siguiente premisa: la transformación del mundo y de la sociedad humana es imparable. Si los más desfavorecidos se organizan y luchan juntos por unas aspiraciones comunes, pueden lograr un cambio en la sociedad. Todo depende de su fuerza de voluntad.

De cómo se desarrollará ese cambio y si logrará llegar a buen puerto, es un tema a tratar más allá de estas líneas. Pero algo está claro, sin una buena teoría adaptada a los tiempos futuros, los más desfavorecidos no tienen nada que hacer. Además, haría falta que esa teoría volviera a recordar cuan débil y al mismo tiempo importante, es la conciencia del hombre. Que volviera a recordar que para que los olvidados puedan construir lo nuevo, tienen que destruir lo viejo. Que volviera a evidenciar que en la sociedad humana, todo lo mueven intereses particulares y colectivos, y que en ocasiones muy excepcionales, el hombre puede tomar conciencia sobre determinadas cosas y luchar, no ya contra-natura, sino por su propia supervivencia.

La revolución social aparecerá sólo cuando deje de ser una cuestión romántica y se convierta en una necesidad absoluta. Hasta entonces, los pobres serán pobres y los ricos serán ricos, y el orden establecido proseguirá su desarrollo. Tal vez la revolución llegue con el capitalismo, o tal vez no.

En el transcurso del siglo XXI, la humanidad se enfrentará a los más radicales cambios que jamás haya experimentado. Cambios que ridiculizarán la desolación de la peste bubónica o la destrucción de la segunda guerra mundial.


El Comunismo no volverá a levantar cabeza

A día de hoy, el movimiento comunista no existe como tal.

Tal vez en otra época existieron organizaciones que, gracias al legado aportado por el marxismo, pusieron en práctica no sólo los conocimientos sobre la lucha de clases, sino también su valentía, su entusiasmo y su afán de cambiar el mundo para bien. Una época donde aun existían los movimientos filosóficos rompedores, donde aun no existía la hegemonía ideológica del capital, donde aun no se habían desarrollado los medios de inculcación ideológica burgueses (los llamados “medios de comunicación” o “mass media”). Pero sobre todo, unos tiempos en los que la burguesía aun no estaba preparada para combatir un movimiento comunista científico, combativo y ambicioso.

A día de hoy, la burguesía ya ha aprendido la lección. La lucha de la clase obrera hizo mella en el pensamiento ideológico burgués, sobre todo debido a la existencia del socialismo real (URSS), hecho que acabó de concienciar a la burguesía sobre cuan frágil era su tiránico sistema de dominación. La mera idea de que una conciencia de clase y unos valores de lucha y solidadidad se pudieran extender por entre la clase trabajadora, les aterrorizaba.

Y sigue aterrorizándoles. Salvo que ahora el movimiento comunista ya no existe, el mundo se ha globalizado, y el sistema capitalista se ha extendido por todos los rincones del mundo. La ideología dominante es la ideología de la clase dominante, y la clase dominante es la burguesía capitalista. Los negocios se reproducen por doquier, la corrupción política es ya un pilar del sistema, la frialdad, la indiferencia y el egoísmo se propagan, y las guerras, la deshumanización y la desigualdad social, son hechos tan aceptados como las leyes naturales.

No hay alternativas. No al menos de forma pacífica. El control de la burguesía es absoluto, y por absoluto se entiende lo siguiente: dentro del marco parlamentario burgués (en aquellos países donde ese marco existe), si las organizaciones políticas aceptan el sistema de dominación, entonces sobreviven sin problemas. Si no obstante alguna organización política pretende cambiar el sistema, la burguesía despliega una lucha atroz para enterrar cualquier posibilidad de que tal formación alcance el poder. Y aun si acceden al poder y la sociedad entera hace frente a la burguesía, los bancos, los terratenientes, el ejército mercenario y los servicios secretos, ejecutarán cuantas operaciones sean necesarias para tomar el control completo de los órganos de poder del Estado y erradicar con ello el auge de cualquier desviación del “status quo”.

Algunas de las herramientas que la burguesía puede usar en la actualidad son las siguientes:

* Propagar la tergiversación, la manipulación, y el miedo a través de los “mass media”.

* Cohartar las libertades civiles a través de leyes.

* Extorsionar a la sociedad a través de la subida de la prima de riesgo.

* Desarrollar masivamente una fuga de capitales para empobrecer un país.

* Limitar el dinero que la gente puede extraer de sus cuentas corrientes.

* Imponer quitas sobre los ahorros de la gente.

* Realizar corralitos.

* Privatizar servicios públicos.

* Desplegar operaciones policiales de abuso y torturas a la ciudananía.

* Financiar grupos radicales religiosos y anarquistas.

* Corromper líderes políticos.

* Asesinar líderes políticos.

* Ejecutar la injerencia exterior para provocar conflictos civiles y armados.

* Realizar golpes de Estado.

* Empobrecer a la sociedad a través del acaparamiento de alimentos y otros recursos básicos.

* Destruir empleo.

* Bajar salarios.

* Implantar el fascismo.

¿Qué se puede hacer ante todo esto?

La sociedad no tiene formación en combate. La sociedad no tiene formación en lucha de clases. La sociedad teme, odia o rechaza completamente la ideología comunista. La sociedad está presa del miedo y el conformismo. La sociedad no está educada en el pensamiento crítico ni en la rebeldía. La sociedad es ignorante e inconsciente sobre muchas cosas importantes.

La única esperanza pasa por esperar a que el sistema capitalista como tal, se desmorone: que las diferencias entre la propia burguesía, que la lucha por el acaparamiento y la obtención de los escasos recursos que quedan, conlleve a la aparición de brutales guerras entre los Estados y las Naciones del mundo.

Entonces, tal vez, la sociedad abra los ojos. Pero sólo tal vez.

Por la crisis que estamos viviendo, y por el resultado que la sociedad está dando ante una fallida y un claro abuso del poder capitalista, es muy dudoso que algún día logremos levantar cabeza y luchemos por la dignidad humana.


Boikot al Auge del Capital

Es necesario contrarrestar la decadencia y la mediocridad crecientes, que la clase capitalista está imponiendo paulatinamente a la sociedad. Hablemos pues, sin tapujos:

El fútbol mediático es enfermizo. Es una fuente de agresividad desbocada, adoración estúpida, y fanatismo sólo equiparables con los radicales religiosos. No aporta nada bueno a la socidad, sino sólo aborregamiento y servidumbre.

La publicidad televisiva es subliminal y engañosa. Despierta falsas esperanzas y necesidades, juega con las emociones y los sentimientos de la gente, nos hace dóciles y maleables, y profundamente codiciosos. Nos extirpa capacidad crítica y reflexiva, y nos convierte en seres dependientes del tener y el parecer.

Los planes de pensiones privados son un robo. Los bancos y los fondos de inversión utilizan nuestro dinero para lucrarse, arriesgándolo temerariamente y con total impunidad. No permiten al cliente controlar su dinero, sino que lo abandonan a su suerte, y por tanto, a expensas del ritmo frenético y descabellado de los movimientos bursátiles y puramente especulativos.

La especulación financiera es el cáncer de esta sociedad. La búsqueda de la máxima rentabilidad atrofia el crecimiento real de la economía, encarece los precios de los bienes y servicios innecesariamente, y por tanto, empobrece a la sociedad.

La lotería es un juego macabro, el impuesto para los tontos. Nunca en vuestra vida os va a tocar la lotería. Y si algún día os llega a tocar, rezad para que no acabe de hundiros la vida. Pretender ganar dinero sin trabajar y sin esforzarse, es un gol en toda regla que nos ha colado la burguesía. La esencia del capitalismo devorador y rastrero ha calado hondo en la sociedad. Nuestros enemigos nos han esculpido a su imagen y semejanza.

Los medicamentos son drogas que se anuncian sin control alguno por la televisión, mostrando ser la panacea contra dolores de cabeza, malestar y resfriados. Además, se elaboran con todo tipo de sabores familiares para que su consumo sea mucho más atractivo. La fiebre por los medicamentos no ha hecho más que comenzar y de seguir así la farmacolodependencia se convertirá en un problema crónico en la sociedad.

La medicina alternativa no existe. La medicina tradicional china es un timo. La homeopatía es una estafa. Los curanderos son unos charlatanes. Los naturópatas, los quiroprácticos, tantos “eco”, “bio”, “pro”, y demás eslóganes de la modernidad, son simples reproductores de la sugestión, el placebo, o a veces ni eso.

La guerra contra el terrorismo no existe. Todo forma parte de la misma campaña mediática de miedo y terror, orquestada con un único objetivo: destruir las libertades civiles y la privacidad para potenciar el espionaje masivo y la “caza de brujas”.

No vivimos en una democracia. Vivimos en una plutocracia, el gobierno de los ricos que roban a los pobres, pero que paradójicamente han logrado convencer para que, a través del voto a simples marionetas paupérrimas, crean que son libres o que hay libertad.

Los videojuegos están adormeciendo a la juventud. Con cada videojuego, las principales multinacionales del sector audiovisual difunden un contenido ideológico muy concreto y que para penetrar en nuestras conciencias hacen uso de las más sofisticadas y atractivas técnicas de persuasión. Modelan conciencias, destierran el contacto humano, y convierten a los jóvenes en adictos audiovisuales.

La pornografía, lejos de ser un instrumento para una masturbación funcional, crea en la conciencia del hombre la imagen de una mujer sumisa o a veces esclava, que deberá acceder a todos sus deseos, y que será tratada con desprecio si no lo hace. El fomento del machismo a través de la pornografía escapa a todo control o filtro educativo. El daño que ha hecho en las relaciones sexuales reales y corrientes, es ya irreparable.

Tras estos breves ejemplos, sólo queda una última cosa:

No te dejes influenciar por la decadencia y la mediocridad del sistema, el camino fácil consistente en dejarse llevar no es producente. Pensar por uno mismo, pensar en los demás, y reflexionar constantemente, nos hará libres de la esclavitud consumista.


Enseñanzas de la Crisis (Parte 1)

“There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.” (Warren Buffet, 2011)

Ya ni siquiera es necesario recurrir al marxismo para intentar demostrar la existencia de la lucha de clases. En ocasiones, la propia clase capitalista reconoce abiertamente las atrocidades que su régimen de explotación y dominio provocan sobre la clase trabajadora.

Antes incluso del inicio de esta crisis financiera (2008), y tras el implacable desmantelamiento de la URSS, la clase capitalista ya comenzó con las privatizaciones y los recortes de derechos laborales y libertades civiles, que tanto esfuerzo costaron adquirir a la clase trabajadora tras la primera y la segunda guerra mundial. La llegada de esta crisis ha servido, paradójicamente, para acentuar las políticas neoliberales que por aquel entonces inició la clase capitalista a través de sus títeres R. Reagan y M. Tatcher.

En un mundo con conciencia de clase y organización por parte de aquellos que son sistemáticamente explotados, esta crisis debiera haber servido para debilitar a la clase capitalista dominante, a poner en jaque todo su sistema de dominación y en definitiva, a mantener intactas las conquistas sociales de la clase trabajadora.

La realidad sin embargo, está carente de tal supuesto, y es que la clase capitalista lleva décadas desplegando una táctica sutil pero demoledora para seguir ganando la lucha de clases. Esto ha sido posible debido a dos factores:

En primer lugar, facilita mucho las cosas ostentar el poder económico y político, y además tener la propiedad de los medios de comunicación dominantes, ya que los medios han jugado un papel central en todo este proceso de transferencia de renta (del trabajo al capital) que, en realidad, no ha hecho más que comenzar.

En segundo lugar, la clase capitalista ha sabido luchar por sus intereses impidiendo que la clase trabajadora pudiera luchar por los suyos, ya que, los intereses de la clase capitalista son antagónicos a los intereses de la clase trabajadora.

De esta forma, desde la década de los 60 empezaron a corromper todas las organizaciones comunistas habidas y por haber, compraron y prostituyeron a los sindicatos, y desplegaron una feroz campaña anticomunista que sobrepasó el ámbito de la propaganda política, los libros y artículos mezquinos, y las películas sin rigor ni fundamento alguno; logrando así instalar la cultura del anticomunismo en el corazón mismo del sistema educativo, es decir, en nuestra conciencia.

Luego, el camino estaba libre para poder inculcarnos cualquier cosa, entre ellas, los deportes mediáticos, los mediocres programas de divertimiento, los videojuegos, las drogas, etc. Así, prosiguieron su lucha ideológica con aquello de que las clases sociales habían dejado de existir, de que habíamos superado el capitalismo y de que estábamos en la sociedad del libre mercado y del libre consumo. Nos vendieron la utopía de que también las crisis de sobreproducción capitalistas se habían superado, en donde todos podíamos llegar a ser ricos, en donde las ideologías eran cosa del pasado, en donde lo privado sería siempre mejor que lo público, y sobre todo, en que vivíamos en una democracia y en el mejor de los mundos posibles. Desarmados frente a todo este arsenal ideológico, no pudimos o no quisimos ver el engaño al que estábamos siendo sometidos.

En ese momento se podía pensar que aún cabria la esperanza de que cambiásemos de mentalidad y actitud cuando la realidad pusiese en jaque a la clase capitalista. Pero nada más lejos de la realidad.

Al estallar la crisis financiera, la clase capitalista encontró rápidamente el método para seguir ganando su guerra de clase contra nosotros. Primero difundieron que la crisis había sido una consecuencia de vivir por encima de las posibilidades de uno. Pero con ello no se refirieron a ellos mismos, es decir, a los ricos que todo lo acaparan, sino que se refirieron a nosotros, la gente corriente, que humildemente nos ganamos el pan trabajando a destajo y viviendo con el agua al cuello. Luego continuaron con el tema de apretarse el cinturón y la cultura del sacrificio, y finalmente persistieron en la idea de que lo público no es eficiente ni rentable.

Paralelamente al despliegue de este arsenal en el terreno ideológico, la clase capitalista logró que sus gobiernos lacayos hicieran pagar a la gente (es decir, con el dinero público del Estado) la deuda privada de los bancos. Tal socialización de pérdidas antidemocrática concedida a los ricos por parte de “Papá Estado”, implicó un brutal aumento de la deuda pública, la cual se encontraba en mínimos históricos antes de estallar la crisis. Tras esta monumental estafa, la clase capitalista utilizó la deuda pública (generada para salvaguardar sus bolsillos), como pretexto para imponer brutalmente una política de austeridad, y de más privatizaciones y recortes sociales.

La austeridad, por tanto, no es una receta únicamente económica. Es una receta política e ideológica orquestada para impedir que la crisis se supere, para que la gente siga teniendo miedo, y con el pretexto de que se ha derrochado dinero público, para que la clase capitalista pueda seguir recortando derechos, prestaciones sociales y libertades civiles. La austeridad no es pues, sino otra herramienta que la clase capitalista utiliza para seguir ganando su guerra de clase.

Vivimos en una dictadura impuesta por los altos empresarios, cuyo poder se ramifica colosalmente para controlar todas las esferas de la vida. Imponen políticas de forma unilateral, coartan gobiernos, amenazan la privacidad y los derechos de la gente, destruyen la naturaleza, y allí donde llegan reproducen el mismo modelo macabro de dominación y jerarquía.

Finalmente, nos encontramos en un mundo desigual e injusto, donde la gente como nosotros no pinta nada. La clase capitalista ha logrado que el ejercicio de votar en unas elecciones tenga el mismo grado de trascendencia que el ejercicio de consumir productos.

Lo que la gente como nosotros, y por ende la clase trabajadora, debe extraer (principalmente) de toda esta situación, se resume en la siguiente frase:

“The more we gave in and complied, the worse they treated us.” (Rosa Parks, 1992)


2015: La Deflación de la Eurozona

Las recetas neoliberales impuestas por la clase capitalista dominante, no sólo están socavando los derechos laborales y el nivel adquisitivo de la clase trabajadora europea, tampoco están funcionando ni para estabilizar la economía ni para salir de la crisis.

En el transcurso de esta inacabada crisis de sobreproducción capitalista, el BCE ha seguido una política “de ánimo” a través de la bajada continuada de los tipos de interés. Sin embargo, el volumen de deuda es tan abrumador, y los bancos están tan sumamente centrados en cobrar la deuda y obtener beneficios, que finalmente no se han producido los estímulos económicos que cabría esperar.

Por las razones anteriores, la idea de hacer una “quita” de la deuda no atrae en absoluto a los bancos. Los bancos quieren cobrar toda la deuda cueste lo que cueste. Hacer una “quita”, o declarar una parte de la deuda como “ilegítima”, provocaría una importante pérdida de capital para los bancos, hecho que no están dispuestos a asumir.

Con los bancos fuera del mercado productivo, el estancamiento y la morosidad es la única realidad. Las empresas están reestructurándose para afrontar los años de crisis venideros, que se auguran difíciles. El despido de los trabajadores y la optimización de los gastos es la tónica que domina en el sector empresarial. Sin embargo, recortar en trabajadores implica necesariamente reducir la capacidad productiva, ergo, recortar los gastos implica reducir los ingresos.

En esta tesitura, las grandes empresas logran sostenerse sin alcanzar los beneficios esperados, las medianas y pequeñas empresas se dirigen lentamente hacia un precipicio, y los autónomos sobrevivien como pueden en un mercado altamente competitivo, con los precios a la baja y los ingresos ciertamente escasos. El sector público también ha sufrido recortes y privatizaciones, lo que a la larga repercutirá en la calidad de vida de la sociedad, exceptuando la calidad de vida de los ricos, que ya va en aumento.

Tenemos por tanto una Europa estancada, cuyo tejido productivo resiste con la esperanza de que pronto se va a recuperar la economía. Sin embargo, todos los indicadores apuntan a una deflación generalizada, promovida por la nula inversión productiva, tanto en infraestructuras como en servicios públicos.

La estrategia no es otra que la de estrangular a la clase trabajadora, la cual aun no es consciente de la lucha que se está desarrollando. El poder adquisitivo de la clase capitalista ha aumentado con la crisis mientras el poder adquisitivo de la clase trabajadora ha ido cayendo. Esta tendencia se mantendrá en el futuro, disparando la ya acentuada desigualdad social. Una tendencia que es fruto de una estrategia avara, orquestada a través de los instrumentos de la clase capitalista europea, que lejos de planificar la economía o pensar en un sentido más estratégico de futuro, mira únicamente por la obtención del beneficio a corto plazo.

Ante las atrocidades perpetradas por la clase capitalista, sólo quedan dos opciones: resignarse y resistir pacientemente la debacle económica, con todo lo que ello implica, o bien alzar la mirada, distinguir a nuestros verdugos, y acabar con ellos.

Ciertamente, existe una tercera opción, que es la penetrar en el difuminado mundo de la fantasía. Un mundo donde la esperanza y la autocomplacencia determinan nuestro absurdo nivel de conformismo, donde ya sea Podemos, la Liga BBVA, la Lotería de Navidad, o el Independentismo, logran engañarnos una vez más, con el fin de que olvidemos nuestros verdaderos objetivos de clase.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.