Ni Civismo ni Pacifismo

El civismo es la nueva doctrina del Capital. El te exploto, te jodes, y te callas. Y no es más que la misma cantinela de siempre disfrazada de modernidad y progreso. El capitalismo o la clase burguesa dominante no ha erradicado ninguna de sus contradicciones sistémicas, todo lo que dijo Marx se sigue cumpliendo en la actualidad. He aquí la crisis, por ejemplo. Pero el poder capitalista cree que bombardear nuestra cabeza con su ideología va a funcionar siempre. Pues se equivocan, su fachada es sólo un pretexto, una nueva forma de adoctrinar, y eso, se ve claramente. El civismo es la mierda que caga la mierda. En un mundo donde los ricos roban a los pobres, el civismo sólo beneficia a los ricos. Los demás no podemos tolerar el civismo. Hay que protestar, transgredir las normas establecidas, saltarse la ley, igual que hacen los banqueros y los políticos con total impunidad. Vivimos en un mundo absolutamente injusto y desigual, y eso, todo el mundo lo ve. Lo que pasa es que nadie tiene cojones de plantarle cara al sistema. Bueno, un grupo de mineros asturianos nos ha vuelto a demostrar como debe luchar la sociedad contra la injusticia, la explotación y la desigualdad.

La violencia es necesaria.

Tan necesaria como que sin utilizarla no iremos nunca a ninguna parte ni progresaremos. El hecho de no haber utilizado la violencia hasta ahora ha hecho que la sociedad sea hoy más miserable. Tenemos menos derechos, menos libertades, menos dinero, menos trabajo, menos vida, etc. Pero los ricos capitalistas cada vez tienen más riquezas, más dinero, más lujos, más protección, etc. Y esto ocurre porque utilizan la violencia contra la sociedad y especialmente contra la clase trabajadora. Vivimos en la nueva era de la servidumbre moderna, de la esclavitud voluntaria, del miedo y del terror psicológico. No hay huevos de enfrentarse a la realidad, la gente ha mamado demasiado de la leche burguesa. Una leche podrida que ha podrido el pensamiento de la gente. Ahora todos pensamos como los ricos, porque los ricos nos han inculcado su forma de pensar. No obstante, nos han mantenido objetivamente pobres y explotados. Algo falla. La gente no se da cuenta de que los valores en los que cree no son los valores de su clase social, no son los valores que permitirán defenderse contra los ataques burgueses. La burguesía nos roba y nos ha convencido de que el robo es cívico. Pero sólo su robo. La gente acepta sin cuestionar su condición de esclavitud. Ven miseria, ven desigualdad, pero la aceptan.

Para salir de este círculo vicioso hay que ser absolutamente radical. Cualquier adaptación o desviación hacia la ideología mercantil-capitalista nos condenará. El radicalismo extremo es la única solución, no queda otra salida. El combate de las ideas debe ser implacable y los culpables deben pagar por todo lo que han hecho. Deben ser condenados. Pero que nadie piense que la justicia capitalista podrá resolver estos problemas. La justicia capitalista es el cáncer de esta sociedad, porque es la salvaguarda de la miseria, la explotación, y la desigualdad burguesas. Todas las instituciones del Estado y el Estado mismo están al servicio del poder capitalista. Es por eso que hay que pasar por la justicia popular a todos los  jueces fascistas, políticos corruptos, banqueros ladrones, y empresarios explotadores.

Así, anulando el poder de quienes nos controlan, nos oprimen, nos explotan y nos gobiernan, y combatiendo sus ideas y valores, es como se puede salir de la crisis. Y es, evidentemente, la única manera de crear un mundo mejor. La gente mala de este mundo debe ser liquidada por la gente buena. Ya entonces en 1789, la Revolución Francesa arrojó una luz meridiana en la lucha por la justicia, la igualdad y la libertad. El pueblo se sublevó, y el Rey fue guillotinado. En la Revolución Bolchevique ocurrió lo mismo. El pueblo se sublevó y liquidaron al Zar. Este es el camino que debe seguir el pueblo y la sociedad, si pretende salir aireada de este atolladero, de este despropósito que poco a poco se está volcando hacia las formas fascistas de dominación. El fascismo y el Terrorismo de Estado se combaten con violencia revolucionaria, con organización y unidad popular.

La revolución y el cambio no pasan por el voto. Pasan por la lucha, por la revolución violenta al margen de las instituciones del Estado burgués. La revolución pacífica tan sólo es una ilusión, es otro pretexto para que aceptemos nuestra rendición, para que acatemos los dictados del capital, para que nos arrodillemos y para que nuestra lucha claudique ante el poder capitalista dominante. El civismo y la revolución pacífica, son ideas propias de la ideología capitalista. La burgesía, clase tiránica por excelencia, explota a los trabajadores. Y para que los trabajadores no se rebelen contra la explotación, ha sido necesario despojar a los trabajadores de la conciencia de su propia explotación y de la renuncia de su lucha de clase. Y esto la burguesía lo ha conseguido precisamente a través de los valores que nos ha inculcado sobre el civismo y el pacifismo.

Pero el civismo y el pacifismo no tienen ni deben tener cabida en un mundo explotador, injusto y desigual, como el sistema presente. Acatar esta moral, es aceptar la locura y la contradicción inherentes al sistema capitalista. No podemos dejar el monopolio de la violencia al sistema capitalista. Hay que luchar.

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