25S, mucha mecha pero poca dinamita

El movimiento estatal de protesta que va a tener lugar el próximo 25 de septiembre en el Congreso de los Diputados y, previsiblemente, en los parlamentos autonómicos, no va a tener éxito. La creencia popular de que un movimiento de protesta pacífica bastará para cambiar las cosas es tan irracional como utópica.

De ser así, es decir, de bastar la protesta pacífica para cambiar las cosas, habría que condenar al unísono a todos los movimientos sociales y organizaciones políticas de izquierdas de nuestro país por su absoluta incompetencia durante todos estos años. Pues bien, no es el caso, porque la protesta pacífica no sirve y nunca servirá para cambiar las cosas. Hace escasos meses más de 200.000 griegos se congregaron en la plaza Syntagma y bloquearon el parlamento griego. ¿Que lograron?, nada.

El mundo ha cambiado desde los tiempos de aquél Gandhi que, efectivamente, cambió algunas cosas, pero nunca lo fundamental: el sistema capitalista. Por tanto, la protesta pacífica nunca ha servido para cambiar el sistema puesto que no hay ejemplos históricos que así lo avalen. Siempre ha sido la fuerza y la violencia las que han permitido lograr alcanzar tales objetivos. Lo vemos así en la revolución zapatista de Méjico, en la leninista de Rúsia, o en la castrista de Cuba. Y digo que el mundo ha cambiado porque no habiendo ejemplos históricos de “revoluciones pacíficas” aun se podría pensar que sí son posibles en un futuro, pero resulta que desde hace muchos años, el sistema capitalista ha aprendido a combatir con gran eficacia los movimientos de protesta, tanto los pacíficos como los revolucionarios.

Es por esto que, no sólo hay que darse cuenta de que ante un sistema dictatorial y tiránico como el sistema capitalista, la violencia es necesaria, sino que, hoy por hoy, es más necesaria que nunca. Los movimientos pacíficos, en tanto a que no se enfrenten ni rivalicen con el despliege militar capitalista, serán reiteradamente aplastados. Y es que, cuando está en juego el poder, la burguesía siempre recurriá, en primera o en última instancia, a la violencia. Además, para facilitar su hegemonía, la burguesía nos ha adiestrado para que defendamos el pacifismo y condenemos la violencia, sobretodo, la violencia revolucionaria, puesto que, según que violencias, como por ejemplo, la invasión de Irak, la invasión de Afganistán, la invasión de Libia o la próxima invasión a Siria e Irán, se justifican al unísono en todos los medios de comunicación del sistema. Y muchas organizaciones y movimientos sociales se hacen eco de esta propaganda y caen irremediablemente en la impotencia práctica de su discurso teórico, y más allá de eso, caen en la incomprensión de la realidad perpetrada por dichos medios.

Por tanto, muchos progresistas modernos de la talla de Ignacio Ramonet o Vicenç Navarro, junto con las organizaciones reformistas (IU, ICV, ATTAC, etc) y las revisionistas (PCE, IA, etc), son el cáncer del movimiento revolucionario español. Son, consciente o inconscientemente, distribuidores de una parte del pensamiento burgués dominante, en tanto a que no aceptan las tesis materialistas y filosóficas marxistas. Tesis revolucionarias que aun hoy día son la mejor descripción de la realidad presente y apuntan, a su vez, a la resolución práctica y realista de la situación de crisis y explotación actuales.

Es por ello que los partidos políticos progresistas modernos, los institucionalizados, sucumbirán irremediablemente ante el poder burgués de dominación, tal y como ocurrió con la socialdemocracia. El abandono del marxismo supone el acercamiento a la ideología burguesa, y así lo demuestran los lazos de amistad que se llevan años tendiendo entre ellos. Unos lazos de amistad que se fundamentan en lo económico, pero también en lo ideológico, y que se han extendido a la práctica totalidad de las organizaciones políticas “alternativas” y a ciertos movimientos sociales. El 15M, consciente o no de esta oscura realidad, apuntó correctamente al orígen del problema: La política supuestamente progresista está vendida al capital. Sin embargo, sólo la política organizada y desvinculada económicamente del poder burgués puede apuntar a la resolución de los conflictos modernos, como ya nos demostraron Lenin y la brillante revolución bolchevique. Por tanto, el 15M, al rehuir de la política organizada en partidos y al aceptar el pacifismo como única vía de cambio, también ha caído en las redes ideológicas de la burguesía, ya sea por la influencia ideológica recibida por parte de los medios de comunicación, como por la influencia política recibida del movimiento anarquista, portador indiscutible de utopías y falsas esperanzas.

Por tanto, en ausencia de un movimiento revolucionario español, la principal tarea de los comunistas es lograr una consolidación del mismo en el plazo más corto posible. Probablemente, y siendo muy optimistas, esta consolidación no se alcance hasta dentro de 5 o más años. Una vez consolidado, el objetivo de este movimiento ha de ser la planificación, a corto o medio plazo, de una insurrección armada por parte de una minoría suficiente de la población, que ante la tiranía, la injusticia y la desigualdad perpetradas por el sistema capitalista, logre conquistar el poder político. Este movimiento ha de contar con un apoyo sustancial de la población, pero ha de estar fundamentalmente integrado por obreros, trabajadores asalariados y parados, y también por intelectuales revolucionarios que logren comprender la situación actual y acepten la necesidad de imponer la dictadura del proletariado sobre la dictadura de la burguesía.

En este sentido es necesario que este movimiento desarrolle una triple lucha de clases: en el plano económico, mediante la formación o consolidación de sindicatos revolucionarios, y la transformación de los sindicatos amarillos en sindicatos revolucionarios. En el plano político, mediante la formación o consolidación de los partidos y organizaciones “marxistas” actuales, la transformación de las organizaciones reformistas más afines hacia posturas más radicales y marxistas, y la lucha constante de estas organizaciones con la burguesía y los sectores contrarrevolucionarios (trotskystas y anarquistas). Y en el plano ideológico, la consolidación del corpus del marxismo actualizándolo hasta los días presentes para utilizarlo como guía para la transformación ideológica de las masas, tanto en el plano de la compresión de la realidad como en el plano de la lucha contra la ideología burguesa y por tanto, de la transformación del capitalismo en socialismo.

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