Renacimiento Comunista (Parte 1)

Muchos son los movimientos sociales que protestan contra esta aberrante crisis que el sistema capitalista ha provocado. Las masas salen a la calle porque se ven sumidas en una creciente situación de desconcierto, preocupación, indignación, y en muchos casos, miseria. Muchas son las voces que proponen soluciones perfectamente viables, más ninguna es tomada en consideración por parte del Gobierno o los empresarios capitalistas. Y es que el plan de ruta por el que nos están llevando los capitalistas y sus lacayos políticos no persigue otro objetivo que el de empobrecer a la sociedad en pro del beneficio económico desorbitado de esta minoría que nos gobierna.

Pero frente a ello, la esperanza está servida: Algunas voces críticas ya apuntan acertadamente a que el problema principal de esta terrible situación no es otro que el Capitalismo en si mismo.

La sociedad está empezando a madurar.

Pero para comprender profundamente las causas últimas de esta crisis, así como sus verdaderas soluciones, es necesario remontarnos al origen mismo de esta tragedia. Y para ello hay que remontarse a los orígenes de la civilización.

En 1877, Lewis H. Morgan publicó un libro titulado Ancient Society, en el que describía los resultados de una extensa investigación histórica y científica a lo largo de casi 40 años de su vida. En dicha obra, Morgan describió la clave para descifrar importantísimos enigmas, algunos aun no resueltos, de la historia antigua de Grecia, Roma y Alemania.

En 1884, F. Engels publicó la obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, basada en las investigaciones de Morgan. En ella se amplían las conclusiones de Morgan desde el análisis materialista de la historia para esclarecer así todo su alcance.

¿Y que es esto del análisis materialista de la historia?

Desde la perspectiva de la teoría materialista (creada y desarrollada por K. Marx), se considera que el factor decisivo en la historia del hombre es la producción y la reproducción de la vida inmediata. Y esta producción se divide en dos tipos: Por una parte, la producción de medios de existencia (productos alimenticios, ropa, vivienda) e instrumentos para la producción; y por otra parte, la producción del hombre mismo, es decir, la continuación de la especie humana.

Por tanto, el orden social en que viven los hombres en una época o en un país determinados, está condicionado por estos dos tipos de producción, que en resumen se pueden describir como el grado de desarrollo del trabajo por una parte, y de la familia por otra.

En una primera etapa de su desarrollo, el régimen social del hombre estaba dominado por la influencia de los lazos de parentesco: La gens primitiva. Y tanto mayor era su fuerza cuanto menos desarrollado estuviera el trabajo y por tanto, la cantidad de productos y riquezas de tenía la sociedad.

Sin embargo, en una segunda etapa del desarrollo humano, la productividad del trabajo aumentó sin cesar, desmembrando la influencia dominante de la gens en la sociedad, y desarrollando la propiedad privada, el cambio, la diferencia de bienes entre humanos, la posibilidad de emplear fuerza de trabajo ajena y con ello, la base de los antagonismos de clase que se han reproducido con distintos matices hasta la actualidad.

La división del trabajo en la familia se trastornó entonces debido al cambio que se produjo en la división del trabajo fuera de ella. La misma causa que había asegurado a la mujer su anterior supremacía en la casa (su ocupación exclusiva en las labores domésticas), aseguraba ahora la preponderancia del hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer perdía ahora su importancia comparado con el trabajo productivo del hombre. Esta supremacía efectiva del hombre introdujo el derecho paterno y el paso gradual del matrimonio sindiásmico a la monogamia, consolidando y eternizando la caída del derecho materno.

Por tanto, tras el apogeo de aquellas inocentes comunidades primitivas, los intereses más viles (la baja codicia, la brutal avidez por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común, etc.) inauguraron la nueva sociedad civilizada: la sociedad de clases. Los medios más vergonzosos (el robo, la violencia, la perfidia, la traición, etc.) minaron la antigua sociedad de las gens, una sociedad sin clases, y la condujeron a su perdición.

Hoy en día nos encontramos en una sociedad cuyo desarrollo productivo ha propiciado que el régimen familiar esté completamente sometido a las relaciones de propiedad. Y esto viene ocurriendo desde el inicio de la historia escrita, y desde entonces se han desarrollado libremente las contradicciones de clase y la lucha de clases. Por tanto, la base de la sociedad capitalista en la que vivimos tiene su origen en la fase inicial de la civilización.

Pero además, con el desarrollo imperante del trabajo, la era de la civilización trajo consigo una nueva división social del trabajo (la tercera hasta entonces), creando así una nueva clase social que no se ocupaba de la producción, sino únicamente del cambio de los productos: la clase de los mercaderes.

Hasta este punto, sólo la producción había determinado los procesos de formación de clases nuevas, pero ahora aparece por primera vez en la historia una clase que, sin tomar la menor parte en la producción, sabe conquistar su dirección general y avasallar económicamente a los productores. Una clase que se convierte en el intermediario indispensabe entre cada dos productores y los explota a ambos. So pretexto de desembarazar a los productores de las fatigas y los riesgos del cambio, de extender la salida de sus productos hasta los mercados lejanos y de llegar a ser así la clase más útil de la población, se forma una clase de parásitos, una clase de verdaderos gorrones de la sociedad, que como compensación por servicios muy mezquinos amasa rápidamente riquezas enormes y adquiere una influencia social proporcional a éstas. Es por esto que a medida que avanza la era de la civilización, esta clase social va ocupando una posición cada vez más honorífica, hasta lograr un dominio absoluto de la producción. Y en consecuencia, acaba dando a luz un producto propio: las crisis comerciales periódicas.

Con los mercaderes apareció el dinero metálico, la moneda acuñada, y después de la compra de mercancías por dinero vinieron los préstamos y con ellos el interés y la usura. Hasta que por fin los mercaderes trascendieron a banqueros y ataron de pies y manos a todo productor y todo deudor.

Y esto es lo que tenemos hoy en día, tras 2.600 años de civilización, la sociedad capitalista no es más que el desarrollo de una ínfima minoría social que prospera a expensas de una inmensa mayoría de explotados y oprimidos.

La continuación, en la parte 2.

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