De la Pseudoizquierda

Otro día más, asistimos a la vergüenza que supone contemplar cómo la supuesta izquierda parlamentaria se mea en nuestra cara. ERC, que ni es de izquierdas ni es republicana, vil adalid de la pequeña burguesía del campo, apoyará los recortes de la católica y neoliberal CIU. No bastando con el recuerdo de su nefasta política desplegada durante el Gobierno Tripartito, los canallas supuestamente independentistas vuelven para vomitar sobre los ineptos votantes que les han dado su apoyo.

Todo esto resulta patético. La pluralidad parlamentaria no existe. Unas veces es CIU con el PP, otras es CIU con ERC, pues tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando. Y es que los partidos políticos institucionales están agotados. Acabados. No hay en ellos la más mínima coherencia u honestidad. Todos reman en favor del Gran Capital, olvidando la molesta y pisoteada base social por la que tanto dicen trabajar y luchar.

No hay pues, nada que hacer en el Parlamento. No hay pues, razón alguna para intentar hacer algo por esa vía. La Dictadura de los Mercados sigue ahí, erguida sobre la miseria instaurada por sus propias políticas. No existe razón alguna para pensar que la vía parlamentaria nos traerá la solución que buscamos: La mejora de nuestras condiciones de vida, como puente para la consecución de la igualdad, la justicia y la dignidad humanas.

Pero el pasotismo y la dejadez hacen de esta sociedad su perdición. Sin la rebelión, que hoy por hoy debería ser la única respuesta organizada del pueblo, la sociedad está abocada al hundimiento y el fracaso. No hay alternativas sin rebelión.

Una vez, una mujer alzó su voz sobre los presentes en Plaza Cataluña y dijo: “hay que dejar al Poder el Monopolio de la violencia“. ¡Cuán equivocadas y contrarrevolucionarias son estas palabras!, ¿cómo va a haber alguna rebelión si ésta es la idea imperante entre los movimientos contestatarios de izquierda?

Si dejamos el monopolio de la violencia al Poder, para qué entonces protestar o reivindicar nuestros derechos, para qué esforzarse en hacer nada. El Poder siempre podrá recurrir a la violencia para sofocar o aplastar las protestas y las reivindicaciones. Y es que no se puede alcanzar la libertad tirando por tierra las raíces históricas que han conformado la lucha de clases: si nuestros antepasados hubieran renunciado a utilizar la violencia, si ellos hubieran decidido dejar el monopolio de la violencia al Poder, nunca se hubieran conquistado derechos o libertades para las clases explotadas. ¡Pero ciertos discursos izquierdistas nos pretenden convencer de lo contrario, de que es posible obtener conquistas sin luchar!

Otra vez, la burguesía ha penetrado profundamente en la mentalidad del movimiento izquierdista. Su gran ariete no es otro que el movimiento humanista: basado en el postmodernismo, trata de fraternizar a la sociedad rehuyendo del escenario real de una lucha de clases.

Demasiada gente se olvida de explorar la historia. Y es que sin lucha de clases, la clase trabajadora sería ahora una clase totalmente esclavizada. Por esto es de vital importancia concebir la lucha en todas sus formas, no ya para intentar cambiar el Sistema Capitalistas, que también, sino para recuperar lo que nos están robando. En efecto son dos luchas bien distintas, pero en esta última, mucha más gente será proclive a unirse y a luchar por lo que los capitalistas nos han arrebatado.

Eso sí, hay que cambiar de paradigma. Votar o no votar, no es la solución, es parte del problema. El Poder Institucional siempre encontrará maneras, discursos, alianzas, y en definitiva, nuevas formas de perpetrarse en el poder. Ya lo llevamos viendo por largos años: los discursos cambian cada vez más hacia la derecha, y más y más personas y colectivos quedan desamparados ante la defensa de sus intereses económicos y de clase.

El retroceso que estamos viviendo es abismal. En los años 30 la clase trabajadora tenía a nivel mundial un estatus de conciencia de clase y organización sin parangón en la historia. Y desde entonces, todo ha ido a peor. Los intereses más viles han corrompido la conciencia de las personas, haciendo a la gente cada vez más arribista, más egoísta y más simplona.

El mundo sufre el declive de una sociedad sórdida, gris y fría. Sólo el raciocinio o la catástrofe podrán cambiar las cosas, pero, ¿cuál de ellas vendrá primero?

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