¿Qué hacer?

He visto el verdadero poder del hombre, es decir, el poder del hombre presente: es el poder de subyugar las conciencias, de eliminar el pensamiento propio, de eliminar el espíritu crítico. Miles de millones de personas se levantan cada día creyendo que existe un dios que nunca han visto. En esto consiste la domiación presente: más allá de esclavizar de facto, mediante relaciones de explotación en los procesos productivos, existe el control de las conciencias como principal elemento avasallador.

Estamos inmersos en un sistema educativo que por lo general elimina nuestra capacidad creativa y cualquier atisbo de pensamiento divergente desde que somos pequeños. El modelo educativo está basado en proporcionar al hombre los medios necesarios para convertirse en una simple herramienta satisfactoria dentro del modelo productivo capitalista. Se nos educa por lotes, por edades, tal fecha de fabricación de una mercancía. No se nos enseña a razonar primero y aprender después, sino directamente a empollar, a estudiar de memoria muchas materias cual dogma autoritario. El paradigma educativo está basado en un aspecto puramente académico de la cultura clásica y en la preparación de las personas hacia un marco mundial de crecimiento económico. La educación se ha reducido por tanto a una cuestión de pura capacidad académica, enmarcada en parámetros productivistas cerrados y caducos, separando a la humanidad en aptos y no aptos. Perdiendo así de vista otras muchas cualidades y capacidades del hombre, negando esas otras capacidades, haciendo creer que el que no es apto, no vale y no tiene cabida en este mundo más que para ser considerado un mediocre.

Y es que el poder del hombre blanco ha aprendido que es a través de la conciencia del hombre que se modelan las sociedades. El hombre ya no es un fin en si mismo, sino un medio, y como tal es considerado por el poder como una simple herramienta del modelo productivo. Algo que simplemente se vende y se compra, algo con lo que se juega, algo que simplemente se utiliza como una pieza más en el gran puzzle planetario.

Tanto es así, que de hecho el poder dominante del hombre blanco nos prepara para el futuro: la aniquilación de las conciencias es sólo el preludio a la transformación del hombre en mero instrumento para el fin que sea necesario. Cuando el hombre se haya convertido completamente en máquina, carente de toda capacidad reflexiva o ética, la primera gran guerra del nuevo milenio estará preparada para arrasar con todo lo que se interponga en su camino. El fascismo se posará de nuevo en la faz de la tierra y una nueva gran guerra entre capitalistas por el Capital dará comienzo. Y en nombre de dogmas y trivialidades que previamente nos habrán introducido en el cerebro, millones de personas seremos arrastradas hacia la muerte.

Y es que andamos por el mundo distraidos por los medios de comunicación dominantes: carteles de propaganda de miles de productos, interminables anuncios en el televisor, creencias sobre estilos de vida que deberíamos adoptar, productos que deberíamos poseer, niveles adquisitivos que deberíamos alcanzar, hogares ideales que deberíamos comprar, pero todo esto no son más que creencias en vidas dedicadas al trabajo esclavizado, a la individualidad y a la competitividad. El día en que quieran que creamos algo distinto a lo que nos tienen acostumbrados, sólo tendrán que anunciarlo por cada pantalla, radio, periódico, revista o pancarta publicitaria. Y para más inri el sistema educativo no ofrecerá ninguna salida crítica hacia este modelo absurdo en el que estamos sumergidos.

Tal vez ya sólo quede eso: esperar el Cataclismo global, el Apocalipsis. Esperar a que anuncien la llegada de la nueva guerra del milenio, o esperar simplemente a que la sociedad se acabe de arrodillar del todo y acepte de buen grado el régimen de esclavitud moderna. A veces me pregunto para qué entonces esforzarnos en pensar, en disentir, en reflexionar, o en criticar la brutalidad y la deshumanización de la sociedad capitalista. Los gigantescos tentáculos del poder se extienden por todas partes, estamos rodeados por ellos, controlados por ellos, inmersos en sus juegos y estratagemas productivistas.

El mundo se nos ha ido de las manos. De hecho, nunca lo hemos tenido en las manos. No nosotros. Nada hay que podamos cambiar por medio de votar o no votar, consumir esto o lo otro, ver esto o lo otro, pensar esto o lo otro, militar en tal organización o en tal otra, leer esto o lo otro, salir o no salir a la calle, poner una bomba o no ponerla… la corriente que nos transporta está mucho más allá de nuestra capacidad. Los amos del mundo seguirán dirigiendo el mundo hacia la perdición del hombre, hagamos lo que hagamos.

Sólo en momentos muy puntuales, cuando se reunen ciertas condiciones muy concretas, podemos hablar de que sí es posible hacer algo por cambiar el sistema capitalista. Pero ahora no es ese momento, y mientras transcurra el agua que transporta el río, no importa nadar a contracorriente o dejarse llevar, la corriente seguirá su curso ineludiblemente. Nosotros somos simples peces que nadamos en el río, humanos de segunda que ni pinchamos ni cortamos. Y probablemente de poder hacerlo, lo haríamos de la manera en que nuestros amos las hacen: mediante el egoismo, la competitividad, la indivualidad, el egocentrismo, parámetros de rendimiento, ocultación, mentira, codicia, ambición, traición, robo, avaricia, etc.

Tal vez la guerra sea la última esperanza del hombre, pues sólo en situaciones desesperadas se pueden tomar medidas desesperadas, medidas valientes y potentes que en estos momentos somos completamente incapaces de concebir al estar sumergidos en la corriente que nos transporta. Sólo cuando la corriente se detenga, y el gran Cataclismo llame a nuestras puertas, habrá alguna esperanza de cambio.

Eso si, hasta entonces, hagamos lo que hagamos procuremos no olvidar nunca esta gran dicha: la pasividad ante este mundo podrido no sólo te sumerge en su podredumbre, sino que te esclaviza cada vez más.

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