La Izquierda Verdadera

Sólo existe una Izquierda Verdadera: aquella que lucha por erradicar la explotación del hombre, y por tanto, por superar el sistema capitalista presente con el fin de instaurar en su lugar, un sistema económico socialista y democrático a través de la Revolución Socialista y la Dictadura del Proletariado.

Todo lo que se salga de esta línea, no es izquierda. Es Pseudoizquierda. Es, según el caso, “izquierda” aburguesada, populista, infantiloide, utópica, conservadora, reformista, revisionista o profundamente reaccionaria.

Dentro de la pseudoizquierda se encuentran: ERC, IU, ICV, CUP, Equo, Compromís, PSC, PSOE, PCE, IA, Podemos, Partido X, Pacma, Revolta Global, etc. Todos ellos, sin excepción, buscan perpetuar la explotación del hombre. Están de acuerdo, en mayor o menor grado, con la existencia del sistema capitalista presente, ya que ante él no emprenden ni buscan emprender ninguna lucha profunda. Eso si, protestan y hacen mucho ruido (aunque a veces ni eso), pero no se dedican a organizar a las masas, ni a elevar su nivel de conciencia. En su defecto, las mantienen (incluyendo a sus bases militantes) en un estado de autocomplacencia colectiva, donde se refuerza el sentimiento de superioridad o pertenecia, y donde el juego “democrático” burgués no se pone en cuestión. Reproducen la idea burguesa de que a través del voto aún son libres de elegir, como si la clase burguesa no hubiera obtenido ya la hegemonía absoluta de la civilización humana. De esta forma, estas organizaciones se revuelcan en el juego burgués, juegan a ser los buenos aun teniendo lazos de influencia con sectores burgueses, participan en elecciones antidemocráticas, y legitiman así la Dictadura de la Burguesía. Rehuyen y condenan el marxismo, y también la lucha de clases, se amoldan a los espacios que el sistema les ha permitido ocupar, y lanzan sus consignas políticas divorciándolas de una praxis profunda y consecuente.

Promesas y palabras vacías. Esta es la tónica dominante de la política moderna de TODO color.

Hablo de partidos y organizaciones que no se atreven a poner en tela de juicio la piedra angular del sistema presente: la existencia de la propiedad privada. Hablo de que no realizan esfuerzos en educar ni concienciar combativamente a sus bases, de que repiten mentiras y prejuicios burgueses, y de que lejos de ser parte de la solución, siguen siendo parte del problema.

La mayoría son organizaciones abiertas, donde todos tienen cabida, desde pequeños empresarios, funcionarios, autónomos, asalariados en general, pensionistas, obreros e incluso proletarios. Todos a darse la mano bajo unas mismas siglas y a compartir las mismas supérfluas ideas, como si no existiesen diferencias de clase entre ellos, o entre ellos y los dirigentes a quienes rinden culto, como si no existiesen, más allá de las creencias particulares, unos intereses de clase contrarios e incluso antagónicos.

Las organizaciones abiertas están de moda y son un tremendo error, nunca podrán ser garante de ningún cambio profundo. Más bien todo lo contrario, abrazar “paquetes de ideas” (los programas de los partidos) y difundir discursos dispersos es una artimaña de la burguesía. Pues de esta forma las personas seguimos inmersas en el desconocimiento sobre nuestros verdaderos intereses de clase, de nuestra posición en la producción social, de nuestro papel como sujeto político activo, y por tanto, nos condenan a la impotencia, a ser meros engranajes dentro de los aparatos políticos y su propaganda.

Toda la política actual es en realidad un método para embaucar al pueblo, la política ya no es una herramienta para hacerlo protagonista de la transformación social, para emancipar a los explotados de los explotadores. La política es un gremio donde predomina el afán de lucro y la sumisión a los poderes económicos dominantes.

Las organizaciones que se dicen de izquierdas y hablan de mejoras, reformas, cambios, esperanza, horizontes donde muchos seremos más felices, y un largo etcétera, al final nunca plantean lo fundamental: ¿acaso se pueden satisfacer al mismo tiempo los intereses económicos de las distintas clases sociales en un sistema donde unos explotan a otros?, ¿en un sistema donde existen intereses contrarios entre las clases sociales?, ¿cómo se puede defender al mismo tiempo al currante que trabaja en negro, al autónomo que no llega a fin de mes, al pequeño empresario emprendedor, al mediano empresario que tiene una empresa consolidada, al funcionario con plaza fija, al interino cuyo futuro pende de un hilo, al becario que es explotado, al asalariado que teme ser despedido, al obrero que tiene que pagar su hipoteca, o al proletario que vive en la precariedad?.

¡No es posible!, y los dirigentes de estas organizaciones lo saben. Su objetivo no es cambiar el sistema, sino afianzarse una buena butaca, recibir suculentas subvenciones, sueldos vitalicios, descuentos y bonificaciones fisclaes, excelentes ofertas laborales donde terminar su vida política, y todo ello a cambio de sencillos favores: no hacer lo que han prometido en sus programas. Existen muchas maneras de convencer a la gente de que ha estado soñando imposibilidades. Además, como la base social que les ha dado apoyo es tan heterogénea, y muchos se vuelven auténticos fanáticos, los partidos políticos se permiten el lujo de prometer el oro y el moro sin ningún tipo de riesgo. Pues sólo se puede subir al poder mintiendo.

¿Realmente alguien cree que la crisis, la desigualdad social o la pobreza, se arreglan proponiendo en unas elecciones realizar reformas?, ¿qué reformas?, ¿subir los impuestos a los más ricos?, ¿rebajar la carga fiscal de los trabajadores?, ¿nacionalizar los sectores económicos estratégicos?, ¿implantar una banca pública?, ¿deshacer la reforma laboral?, ¿reducir la jornada laboral y repartir el trabajo?, ¿invertir nuevamente en renovables?, ¿reducir el presupuesto en armamento?, ¿ir hacia el decrecimiento poblacional?, ¿dejar de robar recursos a los africanos?, ¿limitar los sueldos de los directivos?…

Por favor, no me hagan reír. Todas estas medidas son tan patéticas como insultantes. Los programas de todos los partidos políticos hacen aguas por doquier, sus consignas y propuestas no se sostienen por ningún lado, ni son creíbles, pues NADA hay escrito sobre cómo lograrlas, ¿dónde estará la clase social que empujará al partido a defender su programa?, ¿acaso los obreros estarán organizados entorno a ese partido para poder luchar por sus intereses?, ¿lo estarán los funcionarios?, ¿y los autónomos?.

La respuesta es que nadie estará organizado porque, repito, los partidos no buscan organizar las clases sociales, sino mezclarlas y confundir sus intereses: todas las clases sociales están mezcladas dentro de una incontable cantidad de partidos que se presentan ante ellos con la intención de defender sus intereses.

¿Nadie ha pensado nunca en este problema?. Eso significa que los partidos políticos hacen bien su trabajo y cumplen estoicamente con su función: perpetrar el sistema presente.

A modo de resumen: los partidos políticos no piensan en materializar sus propuestas. En lo único que piensan es en ganar las elecciones. Nada más. El objetivo de los partidos políticos no es elevar el nivel de conciencia de la sociedad, no es procurar que la sociedad se vuelva más culta, inteligente, crítica y combativa, sino convencer a la gente de que tienen que votarles. Nada más. Para lo que venga después, no hay nada escrito ni planteado, pues todos ellos son y serán SIEMPRE incapaces de cumplir sus promesas o programas. Pero tal y como ocurre con la religión, la fe mueve montañas, y la gente, políticamente ignorante en su inmensa mayoría, sigue creyendo que votar es el camino…

La política, la religión, las pseudociencias, los deportes mediáticos, la televisión basura, etc. Todo es más de lo mismo: aceptación, integración en el sistema, opio del pueblo, y sobre todo, complicidad con la tiranía que nos oprime.

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