Capitalismo, la tumba humana

Tal y como expresa el libro Capital en el siglo XXI escrito por el economista Thomas Piketty, que en realidad viene a reafirmar lo escrito por Karl Marx en El Capital, es un hecho que la desigualdad mundial no para de aumentar. Las rentas del capital aumentan mientras que las rentas del trabajo disminuyen. Es decir, los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Pero hay más, el número de superricos disminuye y el número de pobres aumenta, esto implica que la renta se está concentrando cada vez más en menos manos. Y no sólo la renta, también la riqueza. Los últimos datos ofrecidos por el economista Santiago Niño Becerra son aberrantes: el 0,7% de la población mundial (los superricos) ya controla y posee el 41% de la riqueza mundial, mientras que el 68,7% de la población mundial (los más pobres) sólo se reparte el 3% de la riqueza mundial.

Y la tendencia es que la desigualdad social seguirá creciendo año tras año. Nunca antes los más ricos del mundo habían amasado tal cantidad de bienes, fortunas y poder en sus manos. Estoy hablando de superricos que controlan el sistema financiero, el político y el comercio mundial: los amos del mundo. Todos ellos sólo tienen un objetivo en la vida: tener cada vez más propiedades, más dinero, más poder. Son autómatas que se rigen por la codicia y pese a que sus intereses se enfrentan y en ocasiones sus tensiones desembocan en guerras mundiales, comparten el deseo de explotar y oprimir al resto del planeta. Esto es lo que les da ventaja respecto a los demás: su conciencia de clase y el haberse organizado para dominar el mundo (FMI, BM, OMC, CE, BCE, Bilderberg, OTAN, Maastricht, etc).

Pero además de estos organismos y tratados inquisidores, los superricos disponen de grandes feudos: los Estados capitalistas. Las constituciones y los poderes jurídico, legislativo, ejecutivo y militar, son sus herramientas de clase junto con los omnipresentes medios de propaganda ideológica (libros, periódicos, cine, televisión, etc). Todos ellos son medios para proteger sus intereses: obtener dinero, control y poder. Ninguna de estas herramientas moverá un solo dedo para impedir los recortes sociales, la bajada de salarios de los trabajadores, la privatización del patrimonio público, la creciente pobreza de la sociedad, la aberrante brutalidad policial contra civiles pacíficos, etc.

Sin embargo, si los intereses económicos de estos superrricos se ven amenazados, todos estos poderes se movilizarán para salvaguardarlos. Es por ello que los superrricos tienen a su alcance medios y leyes a medida para poder explotar a los trabajadores y no tener que pagar impuestos. Es por ello que los ejércitos capitalistas entran en combate cuando algún recurso estratégico en propiedad de algún superrico se ve amenazado. Es por ello que el gobierno se reúne con ellos y acata su voluntad. Es por ello que todos los medios de comunicación al unísono nos repiten diariamente que vivimos en una democracia, que el capitalismo es el mejor de los mundos, que la culpa de todas nuestras desgracias ha sido de la gente o los inmigrantes, que no hay alternativas a las medidas económicas, etc.

Es la pirámide del poder capitalista y también la lucha de clases. Pero, ante todo ello, ¿por qué no ha estallado aún una rebelión civil?

Es complejo, pues intervienen muchos factores, pero al final todo tiene sentido. Empecemos considerando lo que nos viene de fábrica: la genética. Existen varios instintos clave que nos ayudarán a comprender mejor las tendencias y los comportamientos en sociedad.

El primero de ellos es el instinto de superioridad. Es un instinto que “activamos” a modo de defensa personal salvo que estemos deprimidos, temerosos o frustrados. Al tenerlo “activado” nos creemos listos y capaces, y normalmente por encima de una “media” imaginaria. Reconocemos rápidamente a los que son más inteligentes y capaces que nosotros en distintos ámbitos y en general nos ayuda a seguir adelante con seguridad y confianza en nosotros mismos.

El segundo de ellos es el instinto gregario. Es un instinto que se refuerza cuando se está en entornos grupales, y que el sistema educativo capitalista cuida que desarrollemos. Es fundamental crear en el cerebro la idea del líder a seguir, por ello la inmensa mayoría de material gráfico o audiovisual enfocado a los niños gravita en torno a un héroe protagonista o a un único Dios creador todopoderoso. Pronto aprendemos a repetir gestos y frases de estos líderes, y a compartirlos en grupo para reforzar nuestro sentimiento de pertenencia.

El tercero de ellos es el instinto de conservación. Es el encargado de que tengamos miedo a lo desconocido o diferente. En definitiva, miedo a los cambios. Es el instinto que nos hace conservar lo que somos y lo que tenemos: agarrarnos a las ideas, prejuicios y posesiones que hemos ido adquiriendo y manteniendo durante cierto tiempo. El Estado refuerza este miedo al cambio mediante las fuerzas del orden, y el poder nos insta a poseer, a ser materialistas, a necesitar el dinero, el trabajo, a vendernos, etc. Y lo que poseemos, acaba poseyéndonos: el coche, la casa, la tecnología, etc. Creyendo que la libertad viene de la mano de la posesión, nos hacemos cada vez más conservadores. Y una vez aprendido y aceptado cómo funcionar, que lo aprendemos por repetición o imitación de los demás y que básicamente consiste en obedecer, producir y consumir, es muy difícil pretender cambiar estos hábitos y concepciones de la vida.

Por otra parte, existen otros apectos de la mente que el capitalismo también modela. Uno de ellos es el carácter o la personalidad de las personas, que recientemente se ha descubierto que es, en parte, hereditario. ¿Qué implica este hecho?, muy sencillo: muchas de las generaciones que salieron rebeldes y que lucharon por un mundo más justo e igualitario, fueron asesinadas por la clase capitalista en el transcurso de la guerra civil española, la segunda guerra mundial, y la postguerra. Por tanto, no es de locos afirmar que, hoy por hoy, y de forma mayoritaria, las generaciones existentes son, en realidad, descendientes de aquellas con el carácter más dócil y sumiso. La conclusión se hace evidente: el sistema capitalsita modela el carácter de los seres humanos actuando de hecho como una selección artificial a nivel planetario. Del mismo modo que el hombre primitivo transformó al lobo salvaje creando el perro fiel tras miles de años de selección artificial, el sistema capitalista transforma al ser humano en un ser individualista, egocéntrico, obediente, y en definitiva, en un ser humano deshumanizado, acorde con el ideal burgués que impera en nuestra sociedad.

Aquí hemos visto sólo algunos aspectos de la psique humana que el sistema capitalista intenta modelar y reforzar mediante el sistema educativo y la propaganda ideológica en el transcurso de nuestras vidas. Pero también a golpe de guerras y violencia. Y lo cierto es que el sistema está alterando nuestra naturaleza con una eficacia jamás vista. Nos estamos convirtiendo en seres muy distintos de lo que éramos hace tan sólo algunos miles de años. La espiritualidad, arraigada al hombre desde que nació como tal, se está perdiendo. En su lugar, una creciente voracidad por el consumo banal y compulsivo nos está convirtiendo en seres irreflexivos, carentes de pensamiento crítico o incluso propio. Los neovalores del capitalismo del siglo XXI nos están convirtiendo en seres egoístas, hipócritas y carentes de empatía humana.

Y para cuando el ser humano despierte de su letargo mediocre y decadente, la violencia del sistema se cernirá sobre él, cual humano al aplastar una mosca molesta. No se puede contemplar un cambio de sistema sin contemplar la utilización de la violencia. Si el comunismo prente erguirse como alternativa al modelo capitalista totalitario, deberá prepararse para resistir y vencer a toda la maquinaria de guerra del mundo, puesto que los capitalistas la utilizarán para seguir manteniéndose en el poder, tal y como ya han demostrado en reiteradas ocasiones.

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