Enseñanzas de la Crisis (Parte 1)

“There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.” (Warren Buffet, 2011)

Ya ni siquiera es necesario recurrir al marxismo para intentar demostrar la existencia de la lucha de clases. En ocasiones, la propia clase capitalista reconoce abiertamente las atrocidades que su régimen de explotación y dominio provocan sobre la clase trabajadora.

Antes incluso del inicio de esta crisis financiera (2008), y tras el implacable desmantelamiento de la URSS, la clase capitalista ya comenzó con las privatizaciones y los recortes de derechos laborales y libertades civiles, que tanto esfuerzo costaron adquirir a la clase trabajadora tras la primera y la segunda guerra mundial. La llegada de esta crisis ha servido, paradójicamente, para acentuar las políticas neoliberales que por aquel entonces inició la clase capitalista a través de sus títeres R. Reagan y M. Tatcher.

En un mundo con conciencia de clase y organización por parte de aquellos que son sistemáticamente explotados, esta crisis debiera haber servido para debilitar a la clase capitalista dominante, a poner en jaque todo su sistema de dominación y en definitiva, a mantener intactas las conquistas sociales de la clase trabajadora.

La realidad sin embargo, está carente de tal supuesto, y es que la clase capitalista lleva décadas desplegando una táctica sutil pero demoledora para seguir ganando la lucha de clases. Esto ha sido posible debido a dos factores:

En primer lugar, facilita mucho las cosas ostentar el poder económico y político, y además tener la propiedad de los medios de comunicación dominantes, ya que los medios han jugado un papel central en todo este proceso de transferencia de renta (del trabajo al capital) que, en realidad, no ha hecho más que comenzar.

En segundo lugar, la clase capitalista ha sabido luchar por sus intereses impidiendo que la clase trabajadora pudiera luchar por los suyos, ya que, los intereses de la clase capitalista son antagónicos a los intereses de la clase trabajadora.

De esta forma, desde la década de los 60 empezaron a corromper todas las organizaciones comunistas habidas y por haber, compraron y prostituyeron a los sindicatos, y desplegaron una feroz campaña anticomunista que sobrepasó el ámbito de la propaganda política, los libros y artículos mezquinos, y las películas sin rigor ni fundamento alguno; logrando así instalar la cultura del anticomunismo en el corazón mismo del sistema educativo, es decir, en nuestra conciencia.

Luego, el camino estaba libre para poder inculcarnos cualquier cosa, entre ellas, los deportes mediáticos, los mediocres programas de divertimiento, los videojuegos, las drogas, etc. Así, prosiguieron su lucha ideológica con aquello de que las clases sociales habían dejado de existir, de que habíamos superado el capitalismo y de que estábamos en la sociedad del libre mercado y del libre consumo. Nos vendieron la utopía de que también las crisis de sobreproducción capitalistas se habían superado, en donde todos podíamos llegar a ser ricos, en donde las ideologías eran cosa del pasado, en donde lo privado sería siempre mejor que lo público, y sobre todo, en que vivíamos en una democracia y en el mejor de los mundos posibles. Desarmados frente a todo este arsenal ideológico, no pudimos o no quisimos ver el engaño al que estábamos siendo sometidos.

En ese momento se podía pensar que aún cabria la esperanza de que cambiásemos de mentalidad y actitud cuando la realidad pusiese en jaque a la clase capitalista. Pero nada más lejos de la realidad.

Al estallar la crisis financiera, la clase capitalista encontró rápidamente el método para seguir ganando su guerra de clase contra nosotros. Primero difundieron que la crisis había sido una consecuencia de vivir por encima de las posibilidades de uno. Pero con ello no se refirieron a ellos mismos, es decir, a los ricos que todo lo acaparan, sino que se refirieron a nosotros, la gente corriente, que humildemente nos ganamos el pan trabajando a destajo y viviendo con el agua al cuello. Luego continuaron con el tema de apretarse el cinturón y la cultura del sacrificio, y finalmente persistieron en la idea de que lo público no es eficiente ni rentable.

Paralelamente al despliegue de este arsenal en el terreno ideológico, la clase capitalista logró que sus gobiernos lacayos hicieran pagar a la gente (es decir, con el dinero público del Estado) la deuda privada de los bancos. Tal socialización de pérdidas antidemocrática concedida a los ricos por parte de “Papá Estado”, implicó un brutal aumento de la deuda pública, la cual se encontraba en mínimos históricos antes de estallar la crisis. Tras esta monumental estafa, la clase capitalista utilizó la deuda pública (generada para salvaguardar sus bolsillos), como pretexto para imponer brutalmente una política de austeridad, y de más privatizaciones y recortes sociales.

La austeridad, por tanto, no es una receta únicamente económica. Es una receta política e ideológica orquestada para impedir que la crisis se supere, para que la gente siga teniendo miedo, y con el pretexto de que se ha derrochado dinero público, para que la clase capitalista pueda seguir recortando derechos, prestaciones sociales y libertades civiles. La austeridad no es pues, sino otra herramienta que la clase capitalista utiliza para seguir ganando su guerra de clase.

Vivimos en una dictadura impuesta por los altos empresarios, cuyo poder se ramifica colosalmente para controlar todas las esferas de la vida. Imponen políticas de forma unilateral, coartan gobiernos, amenazan la privacidad y los derechos de la gente, destruyen la naturaleza, y allí donde llegan reproducen el mismo modelo macabro de dominación y jerarquía.

Finalmente, nos encontramos en un mundo desigual e injusto, donde la gente como nosotros no pinta nada. La clase capitalista ha logrado que el ejercicio de votar en unas elecciones tenga el mismo grado de trascendencia que el ejercicio de consumir productos.

Lo que la gente como nosotros, y por ende la clase trabajadora, debe extraer (principalmente) de toda esta situación, se resume en la siguiente frase:

“The more we gave in and complied, the worse they treated us.” (Rosa Parks, 1992)

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