21. El siglo negro de la humanidad

La construcción del modelo económico capitalista fue la resultante de la destrucción del sistema feudal, movida por la evolución particular del desarrollo de los medios de producción.

Por ende, la construcción del modelo económico comunista, o socialista en primera instancia, será la resultante de la destrucción del sistema capitalista, aunque esta vez, no será movida por la evolución de ningun medio de producción, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas.

Como puede observarse en este símil, el comunismo plantea ir contra-natura humana debido a que el orden sociológico natural de nuestra especie, por así decirlo, radica en la sucesión en cadena del desarrollo inherente de los medios de producción.

Tras el sistema capitalista, no tiene porqué venir el sistema socialista. Ésto sólo puede ocurrir si se produce un hecho excepcional: la revolución socialista. De forma natural, tras el sistema capitalista nacerá un sistema nuevo, basado igualmente en la explotación del hombre por el hombre, o tal vez en la explotación del hombre por el superhombre. Nadie sabe qué nivel de deshumanización seremos capaces de alcanzar.

El ser humano, destruyendo o no su propio hábitat natural, evolucionará a través de la selección artificial: la selección social impuesta por el orden establecido. Es muy probable que el hombre logre destruir gran parte de su propio hábitat natural, y que las diferencias sociales aún se acentúen más. Supondremos que el orden establecido es tal, que la hegemonía del capital, o del mecanismo que lo sustituya, será absoluta.

En ese escenario, la posibilidad de que aparezca una revolución social irá disminuyendo: de cada vez más, los individuos que mejor se adapten socialmente al sistema lograrán tener más hijos y vivir más tiempo. El resto irá muriendo o pudriéndose en la ignorancia y la impotencia de haber nacido excluidos.

El control de las conciencias, a nivel genético, pasará a ser uno de los pilares del nuevo mundo humano. No se permitirán mentes despiertas o desafiantes, aquellos que desarrollen este tipo de actitudes serán tratados como enfermos o trastornados, y los que lleguen a poner en práctica sus principios serán tratados como terroristas.

Las ideologías serán desterradas de la conciencia humana, salvo aquellas que permitan perpetuar el orden establecido. Y así sucesivamente, con todos y cada uno de los aspectos de la psique humana.

Para entonces, y como ocurre ya en la actualidad, la doctrina marxista no servirá. El comunismo será una utopía caduca, desarraigada de la historia, de la cultura, del pensamiento y de las aspiraciones del hombre. El legado del marxismo en la sociedad del hombre acabará reducido a la siguiente premisa: la transformación del mundo y de la sociedad humana es imparable. Si los más desfavorecidos se organizan y luchan juntos por unas aspiraciones comunes, pueden lograr un cambio en la sociedad. Todo depende de su fuerza de voluntad.

De cómo se desarrollará ese cambio y si logrará llegar a buen puerto, es un tema a tratar más allá de estas líneas. Pero algo está claro, sin una buena teoría adaptada a los tiempos futuros, los más desfavorecidos no tienen nada que hacer. Además, haría falta que esa teoría volviera a recordar cuan débil y al mismo tiempo importante, es la conciencia del hombre. Que volviera a recordar que para que los olvidados puedan construir lo nuevo, tienen que destruir lo viejo. Que volviera a evidenciar que en la sociedad humana, todo lo mueven intereses particulares y colectivos, y que en ocasiones muy excepcionales, el hombre puede tomar conciencia sobre determinadas cosas y luchar, no ya contra-natura, sino por su propia supervivencia.

La revolución social aparecerá sólo cuando deje de ser una cuestión romántica y se convierta en una necesidad absoluta. Hasta entonces, los pobres serán pobres y los ricos serán ricos, y el orden establecido proseguirá su desarrollo. Tal vez la revolución llegue con el capitalismo, o tal vez no.

En el transcurso del siglo XXI, la humanidad se enfrentará a los más radicales cambios que jamás haya experimentado. Cambios que ridiculizarán la desolación de la peste bubónica o la destrucción de la segunda guerra mundial.

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