Del dominio y la lucha

El mundo ha cambiado. Las viejas y obstinadas formas de rebelión del proletariado son ya caducas, estériles, e inútiles. Las nuevas formas de dominación capitalista obligan a replantear toda la lucha de clases.

En el primer mundo, aun con el masivo e implacable ataque neoliberal contra los trabajadores, el proletariado tal y como lo conocemos del siglo XX es absolutamente minoritario. Centrémonos en el caso de España.

Fue durante la dictadura franquista que se decidió transformar un país de proletarios en un país de propietarios. Hoy por hoy, más del 80% de la población tiene al menos una vivienda en propiedad. Y esto lo cambia todo, fundamentalmente la mentalidad de las personas, es decir, en última instancia, la burguesia ha logrado controlar las condiciones subjetivas que podrían haber dado lugar a una rebelión social. Pero también este hecho tiene influencia sobre las condiciones objetivas. Difícilmente podemos hablar de condiciones objetivas para el estallido de una rebelión mientras la inmensa mayoría de familias españolas tenga un patrimonio que defender. El conservadurismo cultivado por la burguesía ha dado sus frutuos, y como ya saben nuestros benefactores, las revoluciones solo estallan cuando las sociedades no tienen nada que perder.

Por tanto, y pese al ataque neoliberal y al consiguiente empeoramiento de las condiciones de vida de la población española, no exsiten condiciones objetivas para un levantamiento social. Seguimos viviendo muy bien, más si nos comparamos con los países del tercer mundo.

En el tercer mundo, la situación es diametralmente opuesta. El 90% de la población sufre hambre, enfermedades, está expuesta a la más inhumana explotación laboral, no tienen derechos, no tienen acceso a agua potable, y viven hacinados en chavolas y barracas.

En el tercer mundo sí existen las condiciones objetivas para una revolución social en toda regla. El problema al que se enfrenta la gente es al aberrante poder militar que ostentan sus gobiernos dictatoriales y sus clases dirigentes. La fuerza de la burguesía comparada con la de los trabajadores es inmensa, titánica, y los trabajadores no tienen armas para defenderse, menos aun para ser considerados oponentes del sistema.

Allí las ideas revolucionarias no han salido de la más minúscula clandestinidad, y la razón es clara. Las empresas capitalistas establecidas en Asia o África no contratan trabajadores sindicados, y cuando un trabajador se sindica, es inmediatamente despedido, eso, si no corre la suerte de ser directamente asesinado. En América Latina pasa algo muy parecido (no hace falta recordar las atrocidades cometidas por las mafias, los escuadrones de la muerte, y las dictaduras procapitalistas).

Para toda esta gente, la violencia es la única salida, es más, debería ser la única respuesta legítima de los trabajadores. Quien paga con sangre debe recibir su castigo. Sin embargo, a todo esto hay que contraponer la necesidad diaria de contar con un plato caliente. El instinto de conservación y superviviencia juegan aquí un papel destacado. Es la eterna lucha que lleva siglos establecida y que para ser fructífera requiere de mártires y muchos otros sacrificios.

Se podría pensar que la clave de la lucha sigue estando en la unión de los trabajadores, ahora disgregada en múltiples divisiones del trabajo en todos los rincones del planeta. Pero la unión de los trabajadores nunca será tan poderosa como la unión de los capitalistas contra ellos. Existen múltiples casos en los que las huelgas y las quemas de cultivos y fábricas, propiedad de los capitalistas, no ha propiciado sino la concienciación y el pacto entre burgueses que al final, han logrado nuevamente someter a los trabajadores a sus dictados. Para todos estos casos, la solución vuelve a ser la comentada con anterioridad: la expropiación de las propiedades capitalistas por los trabajadores a través de la violencia revolucionaria.

Pero tal y como se puede deducir de la historia escrita, esto sólo ocurre en los momentos en los que la clase capitalista está enfrentada y dividida. Es entonces cuando la clase trabajadora tiene una mínima oportunidad de llevar a buen puerto sus luchas. Hasta entonces, ajo y agua. Los trabajadores podrán eso si, mostrar su indignación, desplegar su descontento, pero la resistencia es y será siempre inútil. Lo único que cuenta es la fuerza, entendida como la capacidad de imponer las cosas. Así funciona toda sociedad humana.

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