Para qué estamos vivos

Atado a una red invisible de cables, no hay salvación posible. El ser humano se ha adentrado ya en la nueva esfera de lo desconocido. El ritmo frenético de la presente sociedad capitalista está imprimiendo un nuevo hombre: Un hombre que ha sido despojado de su vida, de su libertad, de su pasado, de su cultura y de la historia de su civilización.

Un hombre que ha sucumbido ante la omnipotencia y la omnipresencia del capital, ante el modo de vida dominante y ante toda autoridad ajena.

El hombre ha integrado ya los engranajes neoliberales que tejerán su vida por la vasta red de procesos, contactos, desvaríos y suerte de experiencias banales y efímeras, que sólo existirán en tanto puedan ser expuestas en un museo virtual desvirtuado de toda honradez.

La incapacidad de pensar y la inexperiencia de hacer, impedirá realizar cualquier cambio en el ritmo de vida, propiciando de cada vez más, el sometimiento del hombre sobre sus propios actos, que lo condenarán una y otra vez a la esclavitud, la indiferencia, la soledad y el olvido.

El tiempo que no se posee no puede ser invertido en nada. El hombre actual no tiene tiempo. Lo gasta trabajando y empeorando su salud a cambio de dinero, dinero que sólo utilizará para consumir su vida.

Vamos tan acelerados, que no podemos reflexionar. La revolución necesaria es la que conlleve a la ralentización de los tiempos de vida en la ciudad. Debemos detenernos ante el frenesí del consumo y de los tiempos de trabajo asfixiantes.

¿Qué será si no, lo que distinguirá al hombre de las máquinas?

La respuesta es impredecible. El hombre ha ofrecido su cerebro en sacrificio, y ha optado por la vacua vivencia de lo inmediato, del aquí y del ahora, de la incoherencia, la desconexión y el capricho.

Los productos han dejado de ser mercancías para transformarse en meras experiencias. Pagar a cambio de experimentar, pagar a cambio de seguir viviendo, o para sentirse vivo. Pero la realidad es que llevamos muchos años muertos. El consumo no es sino otra forma de alienación, además de la que propicia el trabajo, que se traduce en búsqueda de la evasión.

El ser humano vive evadido de la realidad, sumergido en un mar de tiendas, dispositivos, consumibles y demás inventos de la modernidad.

Han inundado y sobresaturado nuestros cerebros con demasiada información y actividades superfluas, y en superfluos nos hemos convertido, incapaces ya de salir de la rueda de la estupidez.

El hombre es un mero número. Una estadística, una probabilidad.

Hay que detenerse, ralentizar los tiempos, respirar profundamente, y ver la sociedad en la que estamos. La evasión no es una alternativa. No nos podemos permitir el lujo de desvincularnos del mundo y de las personas que lo habitan. Todo acto conlleva unas consecuencias. Es necesario retomar aquello que daba sentido a nuestras vidas. Es necesario recuperar al hombre e instalarlo en el lugar que le corresponde, no más a un lado, no más en un pozo sin fondo.

Cabe preguntarse pues, tan sólo una cosa, ¿para qué estamos vivos?

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